De cada uno nacen dos,
afirman los expertos. Pero de lo que no dicen nada de qué hacer cuando te
encuentras sobre un lienzo en blanco en el que debe haber dibujado un mapa con
sus debidas coordenadas, sus países, sus capitales… Pero no, ahora ya no.
Y es que yo no quiero
hacerte daño, pero dame alguna pista, dime en ese mapa en blanco qué países
están guerra, en cuáles explotan a niños y mayores, deja de escribir y dame un
poco de tus pensamientos, que quiero saber a qué saben.
Te pido que me perdones,
por no saber no ser soez, por no darme cuenta ni recibir ninguna señal y no ir
con los pies de plomo. Que te he hecho daño, lo sé, pero créeme que me quema
por dentro el hecho de no poder aguantarte la mirada y que me consumo como una
colilla en los labios de una adolescente en el cuerpo y el lugar equivocado.
Que me dolió dolerte. Me
dolió coger ese mapa en blanco y no saber dónde dirigirme o, quizás, me dolió
sólo saber dónde no ir por querer huir de ti. Tuve miedo, miedo de no saber
afrontar las cosas a la cara, pero también tuve miedo de huir; que algunas
veces, la única manera de mirar hacia adelante es sin mirar hacia atrás, que el
mapa ya no tiene meridianos porque tú los has borrado con tu sombra y ahora el
papel se siente vacío y el rotulador innecesario.
Las flores se han
marchitado, pero seguro que vendrá otra primavera con nuevas rosas y nuevos
sonidos y nuevas sensaciones. Que el esperar se hace eterno y las horas son vidas
caídas en el momento inesperado rompiendo el corazón que ya estaba quebrado por
tormentas pasadas.