En una mesa escondida de un escondido bar de un escondido barrio de una no
escondida gran ciudad. Sola. Con el paquete de cigarros sobre la mesa, con la
tentación de encender uno y recordando, con añoranza, cómo eran aquellos
tiempos en los que se fumaba hasta en la sala de espera de los hospitales.
Vestida de negro, con un vestido que le llega hasta las rodillas y con unos
zapatos tipo kitten de color negro. No hay duda: vine de un funeral. Del
funeral de su marido. No ha llamado a nadie para que le haga compañía, prefirió
pasar este mal trago toda sola, para no molestar y porque, ¿quién iba a echar
de menos a su marido? Un hombre mediocre que se creía importante, prepotente,
sin amigos, hijo único y huérfano a los veinte años.
Ella tampoco lo echaría de menos.
Victoria, que así es como se llamaba la mujer, le estaba rindiendo un particular
homenaje al que fue compañero de hogar (aunque no de vida, por las muchas aventuras
extramatrimoniales de ambos). El camarero joven le trajo el whisky que había
pedido.
-Aquí tiene, señora.
Ella le hizo una mueca de agradecimiento y el muchacho se retiró.
Devoró el licor poco a poco, notando el escozor cómo bajaba por su
garganta, disfrutando el vaso frío cuando lo acercaba a sus labios y escuchando
el sonido que hacían los cubitos de hielo cuando volvía a dejar la copa en la
mesa.
Cuando hubo terminado la copa, sacó la billetera de su bolso, también
negro, cogió un billete y lo dejó encima la mesa. Acto seguido cogió un
bolígrafo de punta fina y en una servilleta escribió su número de teléfono. Se
puso de pie de manera muy cuidada y marchó del local dejando una cantidad más
que considerable de propina.
El viento helado de finales de otoño le cubrió el rostro de tez blanca; algún
mechón de su rebelde pelo ondulado salió del exquisito recogido que lucía,
pero, aun así, Victoria no se detuvo y continuó caminando. Entre paso y paso
sacó el paquete de tabaco que antes había tenido sobre la mesa, de él sacó un
cigarrillo. Al meter el paquete de tabaco en el interior, aprovechó para sacar
el encendedor, lo encendió y miró con hastío las iniciales grabadas en el
mechero. A, de Antonio y V, de Victoria.
Continuó caminando por las calles empedradas de la ciudad clavando firmemente
sus tacones, fumando despacio, disfrutando poco a poco cada calada y tirando
suavemente al suelo la ceniza sobrante. En ese cigarro estaba quemando la vida
de su difunto marido.
Al llegar a su casa, se quitó los talones y se quitó toda la ropa con mucha
delicadeza dejándola tirada por el suelo. Abrió el mueble-bar y se sirvió otra
copa de whisky que, después de darle un trago, dejó sobre el piano; ella se
sentó en el taburete, abrió la tapa del piano y también sus piernas y empezó a
tocar, completamente desnuda, el Nocturno número 9 de Chopin.
Cuando se hubo cansado, se levantó y bebió de un trago todo lo que quedaba
en la copa. Justo después, sonó su teléfono móvil: era el camarero. Victoria
sabía que llamaría, pero, aun así, se hizo la sorprendida y terminó por darle
la dirección de su casa.
Victoria se fue hacia el cuarto que durante más de veinte años había
compartido con su marido, se tumbó en la cama y empezó a masturbarse. Poco
después, sonó el timbre y ella, con una voz tímida dijo:
-Pasa, está abierto.
El joven muchacho siguió el sonido de su voz que lo condujo hasta la habitación
de matrimonio y encontró a la mujer completamente desnuda.
-Pasa, no temas.
Y empezaron a hacer el amor hasta que ambos acabaron exhaustos.
El chico se fue sigilosamente de la casa intentando no despertarla.
A la mañana siguiente, Victoria despertó y no recordaba nada. A un lado de
la cama tenía una nota que decía: ha sido un placer. En el otro, un papel que
le recordaba la defunción de Antonio Reverte.