Hoy no quiero que nadie
me cuente ningún cuento de princesas con el pelo largo y vestidos rosas que son
preciosos. Tampoco de sapos que se convierten en príncipes con la magia de un
beso. Ni que me cuenten leyendas de dragones que son matados por caballeros majestuosos.
Hoy, tan sólo, quiero que
me cuentes una historia de superhéroes. Pero no de esos que salen en las
películas y que tienen la misión de salvar el mundo, pues son demasiado falsas
ya que el mundo está demasiado hundido para que un ser misterioso y con capa
pueda rescatarlo.
Quiero que me cuentes una
historia de un superhéroe de verdad. De ése que tú conoces mejor que yo. De ése
que cuando fue un niño vivió una guerra, pasó hambre, dolor y miedo. Que no era
un adolescente cuando ya había abandonado su tierra para poder tener un futuro.
De ese hombre que se enamoró y que tuvo hijos. De ese superhéroe que tenía dos
trabajos para poder sacar adelante su familia. De ése superhéroe que tuvo que
ver como sus hijos sacrificaban sus sueños por la familia y como también vio
morir a uno de ellos. Del superhéroe que los signos de su lucha eran el pelo
teñido de blanco y arrugas en su cara.
Pero aun así seguía siendo
el superhéroe más mágico que ha existido nunca.
El superhéroe de mis besos,
mis mimos y mis abrazos. El que me
levantaba una vez tras otra cuando caía. Al que gracias a él dije mi primera
palabra. El que contaba los mejores cuentos y los mejores acertijos. Ese
superhéroe que se tuvo que reinventar una vez tras otra y, aun así, seguir con
una sonrisa en la cara y no dejar que los demás derramaran una lágrima.
El que era el mejor
superhéroe haciendo castillos en la arena y el mejor profesor de bicicleta.
En definitiva, el mejor
superhéroe, el que me salvó de los peligros y al que seguramente le debo ser
quién soy.
Y, ahora, si queréis, habladme
de superhéroes, pero no os dejéis ninguno.
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