divendres, 31 d’octubre del 2014

Háblame de superhéores

Hoy no quiero que nadie me cuente ningún cuento de princesas con el pelo largo y vestidos rosas que son preciosos. Tampoco de sapos que se convierten en príncipes con la magia de un beso. Ni que me cuenten leyendas de dragones que son matados por caballeros majestuosos.
Hoy, tan sólo, quiero que me cuentes una historia de superhéroes. Pero no de esos que salen en las películas y que tienen la misión de salvar el mundo, pues son demasiado falsas ya que el mundo está demasiado hundido para que un ser misterioso y con capa pueda rescatarlo.
Quiero que me cuentes una historia de un superhéroe de verdad. De ése que tú conoces mejor que yo. De ése que cuando fue un niño vivió una guerra, pasó hambre, dolor y miedo. Que no era un adolescente cuando ya había abandonado su tierra para poder tener un futuro. De ese hombre que se enamoró y que tuvo hijos. De ese superhéroe que tenía dos trabajos para poder sacar adelante su familia. De ése superhéroe que tuvo que ver como sus hijos sacrificaban sus sueños por la familia y como también vio morir a uno de ellos. Del superhéroe que los signos de su lucha eran el pelo teñido de blanco y  arrugas en su cara.
Pero aun así seguía siendo el superhéroe más mágico que ha existido nunca.
El superhéroe de mis besos, mis mimos  y mis abrazos. El que me levantaba una vez tras otra cuando caía. Al que gracias a él dije mi primera palabra. El que contaba los mejores cuentos y los mejores acertijos. Ese superhéroe que se tuvo que reinventar una vez tras otra y, aun así, seguir con una sonrisa en la cara y no dejar que los demás derramaran una lágrima.
El que era el mejor superhéroe haciendo castillos en la arena y el mejor profesor de bicicleta.

En definitiva, el mejor superhéroe, el que me salvó de los peligros y al que seguramente le debo ser quién soy. 

Y, ahora, si queréis, habladme de superhéroes, pero no os dejéis ninguno. 

dilluns, 20 d’octubre del 2014

Demasiado frío

“Esta noche miro el mar que te ha tragado y me siento más solo que nunca. No puedo contarle a nadie lo que siento, no sería capaz, me moriría de vergüenza. He pasado mi vida caminando entre la gente y evitando rozarla, pensando que podría vivir siempre de esta manera.
Esta noche pienso en ti y sé que me has convertido en otra persona. No podía imaginar que el sonido de una voz se pudiera echar tanto de menos, ni que una risa pudiera iluminar un día entero. No imaginaba que los ojos pudieran hablar y decir más cosas que las palabras y no sabía cuánto calor pueden dar unas manos. 
Ahora sé que eres la única a quien puedo abrir mi corazón y temo que sea tarde.
Esta noche el mar me parece más inmenso que nunca y el mundo demasiado frío sin ti.”

diumenge, 19 d’octubre del 2014

Mil batallas y la guerra entera.

Jamás le di importancia cuando me dijeron que ella tenía cáncer. Estaba convencida de que iba a salir de esta, de hecho, a veces me sorprendo a mí  misma pensando que se va a curar, pero eso no va a suceder. En menos de diez días hará dos años que se fue para siempre de este mundo pero jamás de nuestras vidas. Y hoy, como no, ha estado más presente que nunca por ser el día mundial de la enfermedad que se la llevó.
Porque como todos los que se enfrentan a una enfermedad de tal magnitud era demasiado buena, demasiado joven y le quedaban demasiadas cosas por hacer y por ver.
Pero la suerte, la maldita suerte es así. No sé si fue el destino, un Dios o qué, pero desde aquí le digo que se podría haber ahorrado esa energía, que no era necesario hacer sufrir a una persona cuando el final era aún peor.
Te llenas la cabeza con pensamientos que intentan auto convencerte de que quizá sea mejor así, que estaba sufriendo mucho y que estaba muy mal. Pero sabes que, en el fondo, todo es pura farsa, que nadie merece morir y que ella se ha muerto. Que hay miles de mujeres que superan esta enfermedad pero que ella no ha sido capaz. E intentas buscar una explicación y alguien a quién echarles todas la culpas por haber destrozado una familia y haberse llevado a ese ser querido, pero no lo encuentras y te odias a ti misma por no saber, ni siquiera, qué hacer o a quién odiar.

Y por eso, desde un rincón a oscuras de mi habitación, tan sólo les pido a todas esas personas que están haciendo frente a una enfermedad como esta que luchen. Luchad, no sólo por vosotros mismos, sino, por todas esas personas que ya perdieron mil batallas y la guerra entera.

divendres, 17 d’octubre del 2014

Recordar.

Cerraba los ojos y sólo se me aparecía su rostro. Cada noche, cada momento, era así. A menudo me daba miedo yo misma. Quizá tenía una obsesión con ella, quizá lo mío era algo enfermizo. Pero no importaba.
Sabía que aquella noche no iba a ser menos, que no iba a estar ausente de recordarla. Sabía que no iba a ser así, y me gustaba, mucho.
Últimamente siempre se me aparecía la misma imagen: ella, con su chaqueta azul marino, con el pañuelo naranja. Se mordía el labio inferior, hacía un suave pero constante movimiento con la cabeza y me miraba. Me miraba hasta el punto de sentirme intimidada, incluso un poco incómoda. Yo hablaba. Ella me escuchaba. Me escuchaba y me miraba. Me sentía incómoda. No por el hecho de que ella me mirase, de que yo hablase y que ella me escuchase. No por la magnitud, o no, de las palabras que decía, sino por el hecho de que fuese ella quién me mirase. Ella. Lo había anhelado mucho tiempo. No me arrepiento de haberle contado aquello, al contrario, es más, si volviese a tener la oportunidad, lo volvería hacer. Esos momentos eran mágicos. No me da vergüenza aceptar que aquellas palabras las había ensayado ante el espejo.

Pero luego, me di cuenta que, de lo que le había contado, me había dejado una parte de la historia. 

Ensayos ante un espejo que habían estado en vano. Nervios traicioneros. Impulsos para lanzarme sobre ella y abrazarla. Abrazarla fuerte y no dejarla ir, nunca. Impulsos. Logré controlarlos. Y no lo hice. 
Mis ojos húmedos. Húmedos de lágrimas. Lágrimas de sueños cumplidos.

¿Y quién me entenderá cuándo digo que es especial, que como ella no hay dos y que la amo?
¿Quién entenderá que sus palabras son únicas, que ella es única? ¿Quién entenderá que lo único que quiero es que no le hagan daño, que me gustaría estar siempre con ella y abrazarla? ¿Y quién entenderá la impotencia que siento cuando me doy cuenta que no puedo hacerlo? ¿Y quién entenderá la felicidad y los celos que tengo cuando veo que ella ya tiene a alguien que está con ella, que la protege, que la abraza y que la hace feliz? Y por eso sólo me queda recordar.
Y vuelvo a recordar. A recordar el momento. A recordarla. Y a prometerme que la próxima función será mejor.
Aplausos.

Fin. 


dimarts, 14 d’octubre del 2014

El tren de las 20.08

Ya no escucho, ni huelo, ni siquiera noto la presencia de la otra gente. Solamente tengo ojos para mirar la pantalla y saber cuántos minutos quedan para que llegue. Ocho minutos. Los mismos que quedaban hace diez. No funciona.
Me siento ofuscado… Siento como si todo yo estuviese inmerso en un lugar demasiado grande para mí.
Veo como un chico se sienta a mi lado. Demasiado cerca, quizá. Incluso puedo llegar a oler su colonia, pero no la identifico. Nunca he sido bueno con los olores. De repente tengo la sensación de que, por arte de magia, todo ha cambiado. Pese que parezca a la lejanía, empiezo a escuchar otras voces. Noto algunas miradas y creo que algunas se clavan en mí. O quizás en él.
El tren aún no ha llegado. Llevo horas y horas en esta gran ciudad y tan solo deseo poder volver a pisar mi pueblo. Pero un sentimiento extraño se apodera de mí y, a lo mejor, lo único que quiero es que el tiempo se vuelva a parar.
Veo como el tren entra en la estación y siento como mucha gente, igual que yo, y que él, se ponen de pie. Quizás nuestros caminos no se separaran tan rápido como había pensado, pero seguro que, tarde o temprano, encontrarán una bifurcación.
Nos sentamos el uno enfrente del otro. Nos miramos. Juraría que escucho las palpitaciones de su corazón y que vuelvo a oler su colonia. Noto como todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo se ponen de punta tan sólo con una mirada suya y siento que su presencia me gusta.
Pasan una, dos y cuatro paradas hasta que pierdo, por completo, la noción del tiempo y únicamente soy capaz de mirar las facciones de su rostro. Es perfecto. No sé cuánto tiempo, ni cuántas estaciones deben haber pasado hasta que se pone de pie, me guiña el ojo y se acerca a la puerta. Baja del tren. Me acerco a la ventana, la toco con la punta de la nariz y me percato de que llueve. Me vuelvo a cruzar con su mirada, me dedica una sonrisa más que encantadora y entonces me doy cuenta de que me he quedado completamente enamorado de él.
Me hace un gesto con la mano, se pone los dedos índice y corazón sobre los labios y se los besa al mismo tiempo que el tren vuelve a arrancar. Entonces tengo la sensación de que jamás lo volveré a ver.

Porque es igual de importante no dejar que se te escape el tren como saber bajar en la estación adecuada. Y yo, en este momento, no lo he sabido hacer. 

dilluns, 13 d’octubre del 2014

Lo donaría todo.




"No sé si tienen padre, madre, marido, mujer, hermanos, hijos… Seguro que tienen alguien al que quieren mucho.
Yo sé que el amor no se puede medir. Entonces no sé si les voy a poder convencer de que lo único que me mueve a donar mi riñón es que amo a Sol. 
Yo estudio, saco buenas notas, llamo a mi madre para que no se preocupe… Soy una persona normal, y las personas normales no podemos ver como las personas a las que amamos se consumen día a día tras una máquina de diálisis. No podemos ver cómo se van entristeciendo, como se van apagando poco a poco. 
Sol tiene diecisiete años y ya se ha rendido, pero yo no. Yo no puedo rendirme, no puedo rendirme porque si lo hago es como si yo misma la empujara a morir, como si yo misma la estuviera empujando desde una ventana. Creo que todas las personas normales, las que sabemos que amar significa algo más que unas palabras, daríamos muchas más cosas que un riñón, sólo por hacerlas felices unos instantes. 
No me pidan que me quede quieta, no me pidan que haga eso: viendo como ella desea su muerte.”