Se levantó a las doce del medio día porque la noche anterior
se había ido a dormir a las siete de la mañana. Locuras de los veinte.
Cuando abrió la puerta el pequeño Max ya la estaba esperando
moviendo la cola, le saltó encima y cuando ella quiso hacer algo para evitarlo,
ya fue demasiado tarde.
Se tumbó en la cama sin deshacerse la trenza, sin
desmaquillarse y, ni tan siquiera, se cambió de ropa. Para qué. Si no tenía
fuerzas y el único ser vivo que la vería iba a ser Max.
Soñó cosas de la noche anterior. Cómo bailaban las de su
alrededor, cómo la chica del top negro se liaba con uno que había conocido esa
misma noche, cómo la de la cola alta no paraba de darle al ron-cola y como
ella, como siempre, se sentía desubicada, perdida, extraña sin saber muy bien
qué hacer.
Ella intentaba bailar. Sólo intentaba. Pusieron una lenta (o
no tan lenta) y se arrimó a la primera chica que encontró para bailar con ella.
Y ésta le susurró: perdona si te piso lo pies.
Entonces se miraron.
A los ojos.
Pensó cuánto tiempo hacía que no miraba a alguien de verdad.
Y que por qué la primera vez tenía que ser una discoteca cutre que estaba en un
barrio de mala muerte, pero que, por alguna razón que desconocía, estaba de
moda.
La música tampoco era para tanto, y hasta hacía menos de
media canción lo único que quería era huir de allí. Pero ahora restaba atrapada
en una lenta (o no tan lenta), canción de amor.
Atrapada en los ojos de una chica que llevaba el eyeliner simétrico. Llevaba los labios de
lo que su hermano hubiera llamado rojo
putón. Y le quedaba bien. Jodidamente bien.
La chica era una diva. Una diva divina.
Una diva que parecía haberse fijado en ella.
En ella que sólo se había hecho el eyeliner como buenamente había podido, y con prisas, como siempre.
En ella, que había sido su amiga quien le había puesto gloss en los labios.
En la chica torpe, la maldita, la que sus amigos llaman
barriobajera. La que para ella todo es una ‘movida’ o la que saber conjugar el
verbo ‘cantear’, la que dice ‘mazo’, ‘en plan’, o ‘debuti’ tres veces en una
misma frase.
Cómo de repente se había podido sentir tan fuerte. Tan
potente. Tan llena de vida sólo con haber mirado a alguien.
Sólo con que ese alguien la mirara.
Sólo con que se miraran.
Y se miraran de verdad.
Porque hay miradas que salvan vidas.
Hay miradas que son muchas cosas.
Hay miradas que son mejor que un Bailar pegados de Sergio Dalma.
O quizá no sólo se miraron.
Eso ya queda para ellas.