dijous, 19 de febrer del 2015

La espera

Gracias malagueña.


Siete minutos tarde, siempre llegaba siete minutos tarde y ya habían pasado dos.
La estaba esperando tumbada sobre la arena de la Barceloneta mientras miraba el maravilloso atardecer que me estaba dando esa tarde de julio en la ciudad. El sol se reflejaba sobre el mar de una manera espectacular y el cielo estaba tomando un color rosado sobre el que se veían los pájaros que tenían la libertad de volar más bajos.

Estaba jugando con mis dedos sobre la arena cuando, de repente, empecé a escuchar música de un grupo de esos de verano que ponen la gorra para que alguien les dé la voluntad. Yo no iba a ser uno de ellos, aunque me gustaba como tocaban el acordeón y el violín y la voz del cantante. Algunos de los más desvergonzados se marcaron unos pasos de  baile en medio de un improvisado círculo de público.

Estaba impaciente por verla, por notarla, por sentirla a mi lado, por besarla… Solo la quería a ella en toda la playa, me sobraban los pájaros, las rocas, los edificios, los músicos y su público, solo la necesitaba a ella para estar bien, porque ella rompió mi monotonía y prometí hacerla feliz. No sé si yo lo lograba, pero aseguro que, gracias a ella, yo lo era.

Ya habían pasado seis minutos desde la hora acordada y empezaba a estar nerviosa, no sabía cómo me iba a recibir, ni por dónde vendría y quería estar preparada para ella. Me estaba fijando en que cada vez el sol estaba más bajo cuando, de repente, alguien me tapó los ojos por detrás, estaba claro que solo podía ser ella, y me encantaba.


Me tiré para atrás haciendo que ella cayese sobre la arena cálida, me giré y la besé mientras ella intentaba guardar unas risas que usaríamos más unos minutos después. 

dimarts, 17 de febrer del 2015

Solo tú y yo en todo Madrid.

Después de tacharla de borde me empezó a interesar. La acababa de  conocer y por no recibir la respuesta que esperaba la insulté en mi interior, pero nada importante, pues. 
Pero, así, de repente, todo cambió con una sonrisa que tampoco esperaba, y es que tenía una sonrisa realmente bonita y un acento andaluz que me ponía los pelos de punta con solo escucharlo.  
Durante toda la tarde tuvimos un juego de miradas indecentes, de gestos que incitaban al pecado y de sonrisas de niñas rebeldes. 
Nos despedimos de todos y dijimos que nos ibamos por separado, aunque ambas sabíamos que eso era mentira. Y salimos del local, me dirigía a buscar mi moto, pero tú fuiste más rápida y me agarraste de la mano y, sin hacer demasiadas preguntas, te seguí, sabía que no me equivocaba. 
Caminamos mirándonos hacia un lugar oscuro de la ciudad al lado de uno de esos bares en los que se encuentra compañía una noche de soledad, me apartaste los pelos de la cara y me besaste, y me dejé besar, pues no había deseado nada más en toda la tarde que poder notar tus labios. 
Empapaste mi boca de tu saliva y de la mía la tuya, recorriste mi espalda con tus dedos mientras yo perdía mis manos entre tu pelo rizado y cerraba los ojos. No sabíamos lo que estábamos haciendo, o quizá lo sabíamos demasiado bien.
Nos separamos y me perdí en tus ojos color caramelo y volvimos a juntar nuestros labios antes de que me preguntaras si quería subir a tu casa en ese piso de mala muerte. Obviamente acepté. No me equivicaba, era un piso antiguo en un barrio de mala reputación, pero me sorprendió que la decoración fuera tan moderna y de colores tan claros. 
Me hiciste pasar a ese segundo sin ascensor, me hiciste girar, cerraste la puerta de una puntada y me voliviste a besar, y a cogerme de la cintura y hacerme sentir que solo estábamos tú y yo en todo Madrid.

dimecres, 11 de febrer del 2015

Y nos.

Y no, no sé cuándo dejamos de ser una sola para dividirnos y volver a ser eso que una vez nos prometimos que no volveríamos a ser jamás: unas almas vagabundas que ya, ni siquiera, se reconocen al mirarse frente un escaparate.

Pero es que fuimos más que un cigarrillo para acabar como una colilla consumida tirada al lado de una papelera.

No sé el por qué, ni el cómo y no recuerdo el cuándo empezamos a ser unas desconocidas que compartían, de tanto en tanto, un trozo de cama y unos instantes de placer. No sé cuándo, un día, de la noche a la mañana, dejamos de saber. Empezamos a dejar de saber de todo: de las constelaciones y de las estrellas, de libros y poemas, de manifestaciones y revoluciones y, por supuesto, también dejamos de saber la una de la otra.

Dejé de envolverme en tus ojos verdes, de meter mis dedos entre tus rizos y substituí las risas por unas lágrimas escondidas que tú dices no saber que existían. Dejé de salir para solo pensar en ti, de reír porque me sentía mal que no fueran unas risas contigo. Dejé de fumar porque únicamente fumaba después de hacer el amor contigo. Pero substituí el cava por el champagne para sentir que aun me quedaba algo de compañía.

Y nos volvimos a encontrar y a vernos, y nos volvimos a mirar con esa mirada de adolescentes enamoradas que se ciegan con una ilusión que no volverán a alcanzar: la ilusión de tocar el cielo con la puntilla de los dedos al gemir de placer tras una noche de sexo con amor.

Y nos volvimos a ver, a encontrarnos y a besarnos, pero con el pacto mudo de que nada volvería a ser como antes. Y nos prometimos ser felices aun sabiendo que esa promesa nos llevaría a la esquina más oscura de la infelicidad.