Gracias malagueña.
Siete minutos tarde,
siempre llegaba siete minutos tarde y ya habían pasado dos.
La estaba esperando tumbada sobre la arena de la Barceloneta mientras miraba el maravilloso atardecer que me estaba dando esa tarde de julio en la ciudad. El sol se reflejaba sobre el mar de una manera espectacular y el cielo estaba tomando un color rosado sobre el que se veían los pájaros que tenían la libertad de volar más bajos.
La estaba esperando tumbada sobre la arena de la Barceloneta mientras miraba el maravilloso atardecer que me estaba dando esa tarde de julio en la ciudad. El sol se reflejaba sobre el mar de una manera espectacular y el cielo estaba tomando un color rosado sobre el que se veían los pájaros que tenían la libertad de volar más bajos.
Estaba jugando con mis
dedos sobre la arena cuando, de repente, empecé a escuchar música de un grupo
de esos de verano que ponen la gorra para que alguien les dé la voluntad. Yo no
iba a ser uno de ellos, aunque me gustaba como tocaban el acordeón y el violín
y la voz del cantante. Algunos de los más desvergonzados se marcaron unos pasos
de baile en medio de un improvisado círculo de público.
Estaba impaciente por
verla, por notarla, por sentirla a mi lado, por besarla… Solo la quería a ella
en toda la playa, me sobraban los pájaros, las rocas, los edificios, los
músicos y su público, solo la necesitaba a ella para estar bien, porque ella
rompió mi monotonía y prometí hacerla feliz. No sé si yo lo lograba, pero
aseguro que, gracias a ella, yo lo era.
Ya habían pasado seis
minutos desde la hora acordada y empezaba a estar nerviosa, no sabía cómo me
iba a recibir, ni por dónde vendría y quería estar preparada para ella. Me
estaba fijando en que cada vez el sol estaba más bajo cuando, de repente,
alguien me tapó los ojos por detrás, estaba claro que solo podía ser ella, y me
encantaba.
Me tiré para atrás
haciendo que ella cayese sobre la arena cálida, me giré y la besé mientras ella
intentaba guardar unas risas que usaríamos más unos minutos después.