diumenge, 26 de novembre del 2017

Se miraron.


Se levantó a las doce del medio día porque la noche anterior se había ido a dormir a las siete de la mañana. Locuras de los veinte.

Cuando abrió la puerta el pequeño Max ya la estaba esperando moviendo la cola, le saltó encima y cuando ella quiso hacer algo para evitarlo, ya fue demasiado tarde.

Se tumbó en la cama sin deshacerse la trenza, sin desmaquillarse y, ni tan siquiera, se cambió de ropa. Para qué. Si no tenía fuerzas y el único ser vivo que la vería iba a ser Max.

Soñó cosas de la noche anterior. Cómo bailaban las de su alrededor, cómo la chica del top negro se liaba con uno que había conocido esa misma noche, cómo la de la cola alta no paraba de darle al ron-cola y como ella, como siempre, se sentía desubicada, perdida, extraña sin saber muy bien qué hacer.

Ella intentaba bailar. Sólo intentaba. Pusieron una lenta (o no tan lenta) y se arrimó a la primera chica que encontró para bailar con ella. Y ésta le susurró: perdona si te piso lo pies.

Entonces se miraron.

A los ojos.

Pensó cuánto tiempo hacía que no miraba a alguien de verdad. Y que por qué la primera vez tenía que ser una discoteca cutre que estaba en un barrio de mala muerte, pero que, por alguna razón que desconocía, estaba de moda.

La música tampoco era para tanto, y hasta hacía menos de media canción lo único que quería era huir de allí. Pero ahora restaba atrapada en una lenta (o no tan lenta), canción de amor.

Atrapada en los ojos de una chica que llevaba el eyeliner simétrico. Llevaba los labios de lo que su hermano hubiera llamado rojo putón. Y le quedaba bien. Jodidamente bien.

La chica era una diva. Una diva divina.

Una diva que parecía haberse fijado en ella.

En ella que sólo se había hecho el eyeliner como buenamente había podido, y con prisas, como siempre.

En ella, que había sido su amiga quien le había puesto gloss en los labios.

En la chica torpe, la maldita, la que sus amigos llaman barriobajera. La que para ella todo es una ‘movida’ o la que saber conjugar el verbo ‘cantear’, la que dice ‘mazo’, ‘en plan’, o ‘debuti’ tres veces en una misma frase.

Cómo de repente se había podido sentir tan fuerte. Tan potente. Tan llena de vida sólo con haber mirado a alguien.

Sólo con que ese alguien la mirara.

Sólo con que se miraran.

Y se miraran de verdad.

Porque hay miradas que salvan vidas.

Hay miradas que son muchas cosas.

Hay miradas que son mejor que un Bailar pegados de Sergio Dalma.

O quizá no sólo se miraron.

Eso ya queda para ellas.


divendres, 17 de novembre del 2017

Tú tan tú; yo tan yo.


Que tú me querías para toda la vida y yo sólo para un rato, para pasárnoslo bien y ese rato se fue alargando, pero no duró toda la vida. Ni del palo.

Tú la romántica, la utopía, y yo tan quimera, todo tan indiferente. Yo siempre tan fría y tú sin saber que el hielo también quema.

Tan papel de lija y tan de madera las dos, para intentar pulirnos sin saber, o sin querer saber, que las dos ya estábamos bien cómo estábamos.

Tan iguales, pero tan jodidamente dispares, completamente opuestas a ojos ajenos.

Tú que eras cómo mi casa, y otros que eran tan Bankia para desahuciarme.

Tanta guerra de por medio que tantas muertes no merecieron la pena, que sólo ganamos, o perdimos, un poco de territorio, que conseguimos matar la reina del ajedrez, pero no hacer jaque-mate, de eso ya me encargué yo cuando más lo necesité, cuando más pensé que iba a ir a favor de mi jugada.

Y tú no quieres volver a jugar, quizá ahora tú vayas a ganar. Puede que quieras la revancha, o que sólo quieras vengarte de mí e, incluso, puede que lo entienda. O no. Seguramente no lo entienda ni entienda el extraño mecanismo de tu mente.

Tú tan desaparecida y yo con tantas ganas de desaparecer. Tú de hacer tantas putadas por la espalda y yo por la cara, pero las dos tan de callarnos la mierda.

Yo tan de matar, y tú tan de sobrevivir.

Yo tan de arrastrarme, y tú tan de pasar.

Yo tan de nunca saber qué piensas tú, pero de pensar que todo pasa por algo. Siempre.

divendres, 8 de setembre del 2017

Mi diosa del Olimpo.


Me ha llevado dieciocho años llorar por amor. Me ha llevado dieciocho años leer un mensaje y pensarme durante más de cinco horas la respuesta para encontrar las palabras adecuadas, las que expresen. Las que me expresen.

Me ha llevado algo más de dos años entender que aún continuaba pensando en ti. En que quizá nunca dejé de hacerlo. Le duela a quien le duela. Porque también me duele a mí. Y mucho.

Porque cada persona que se interponga es sólo un paso más para llegar a ti. Llegar para no soltarte nunca, y esta vez va en serio. A por todas. A por ti. Te lo prometo.

Porque me abrazas y me besas sin tocarme. Y porque yo te abrazo y te beso igual, aunque hayamos hecho un pacto mudo de no decirlo, pero de comernos a besos.

Porque dejé de apostar por ti una vez. Dejé de apostar por ti y por mí, y no quiero volver a hacerlo. No sin intentarlo una vez más. No sin probarlo. Una vez y las que sean necesarias.

Porque no sé cuándo. Quizá hoy, quizá mañana o dentro de tres o cuatro meses, pero vas a acabar leyendo esto. Y vas a saber que va dirigido a ti.

A ti.

Tú.

Tú que eres mi musa en el silencio. Mi sonrisa de los buenos días y mis ojeras del día siguiente.

Tú que llegaste siendo una estúpida sin saberlo. Y que ahora eres igual de estúpida, pero con sentimientos. Con mis sentimientos. Y conmigo.

Tú que sólo tienes que decirme ven.

Y tú que no lo dices. Y que te odio por no decirlo. Sólo dime cuándo. Dime que ahora.

Pero es que parece que estemos gafadas, joder. Siempre pasa algo. Siempre por algo. Cuántas veces estuvimos a punto, casi, pero no. Pero prometo que ese día llegará. Que llegará y que no sabré qué hacer ante ti. Ante mi diosa del Olimpo.

La que siempre va tres pasos por delante de mí. La que siempre sabe más que yo. La de las altas capacidades que nunca se equivoca, y cuando creo que se equivoca, la equivocada soy yo.

La que estuvo en las buenas. La que se alegró por mí y la que apostó por mi cuando ni yo misma lo hacía.

La que estuvo en las buenas, pero también en las malas. La que estuvo cuando más sola me sentí sin necesidad de decírselo. La que estuvo conmigo aun estando a kilómetros cuando ni los que estaban a centímetros estuvieron. Porque creo que fuiste la única. O de las únicas. Qué triste fue todo eso.

Y yo también intenté estar contigo. Fuera en las buenas o en las malas, eso es lo que menos importa. Intenté estar siempre contigo e intenté estar siempre a la altura. Y continuaré intentándolo. Hasta la saciedad.

Porque te espero a ti. Igual que espero el verso de una canción cada mañana y que te rías de mis zumos de piña. Igual que espero que pronuncies palabras en catalán o que calles. O que me calles de la mejor manera que sabes hacerlo, lo que no significa dejarme sin voz.

Y recuerda siempre que yo sólo te quiero a ti. Tú quieres llamar la atención.


dimarts, 8 d’agost del 2017

Ella es mi casa.


Hay cosas que son preciosas; que lo eran antes, que lo son ahora y que también lo serán en un futuro. Incluso hasta en un futuro lejano que todavía da miedo mirar.

Es la sensación de volver a casa después de mucho tiempo, de muchas vivencias, volver a reencontrarte con algo que forma parte de ti de una manera tan tajante. Como si, aunque tú no lo supieras, todo este tiempo te hubiera estado faltando algo, una ficha en tu puzle que no echabas de menos, pero que, ahora que la tienes, sientes que estás completa otra vez.

Como, a pesar de la distancia, de los kilómetros, del tiempo que ha pasado y de todo lo que hemos vivido, todo fuera igual que el primer día que nos conocimos. La misma manera de reír, de hablar, de mirarnos a los ojos y de saber que podemos ser como realmente somos la una con la otra. Que podemos contar la una con la otra, que siempre lo hemos podido hacer y que lo continuaremos haciendo. ¿Y no es maravilloso eso?

Que dio miedo distanciarnos, pero quizá sólo fue para tener más ganas de encontrarnos otra vez, de combatir otra batalla más sabiendo que no iba a ser la última y ponerle a cada una más fuerza y más empeño para derrotarlas. Pero que ahora hemos ganado, y volveremos a ganar, porque con mirarnos a los ojos sabemos que tenemos todo lo que necesitamos.

Porque es maravilloso volver a casa después de un largo viaje y sentir que estás a salvo, cerca de las personas que quieres y con quien estás a gusto. Es maravilloso reencontrarte con los tuyos. Con los que hace tiempo que no ves y que has echado de menos. Pero más maravilloso es cuando “tu casa” es esa persona, cuando vuelves a ella cual niño de cuatro años acude a su mamá al salir del colegio. Cuando al volver con ella te sientes a salvo, fuerte, pero a la vez risueña y relajada. Porque con ella puedes ser. Y ella puede ser contigo. Y las dos sois, sin que importe nada más.

dimarts, 11 de juliol del 2017

Que te rompan de vuelta.

Hacía dos meses que mis labios no tocaban una boquilla.
Desde el día que tus labios tocaron los mios. Un beso que supo a vodka, roncola, tabaco e ilusión. Joder que equivocada estaba.

Eres un jodido vício para mi. ¿Quién necesitaba el amargo tabaco teniendo tus dulces palabras? No hablo de te quieros. Ni de vacías palabras bonitas. Hablo de lo bonito que sonaba mi nombre rodando de tu lengua. O como me chinchabas pero siempre acabando en risas.
Aunque ahora que lo pienso puede que fueran todo mentiras. Por Dios, por mi cabeza corrieron más te quieros que mentiras se escaparon de la tuya. Dulces mentiras dulces te quiero.

Podría llamarte imbécil. Imbécil, capullo, idiota, gilipollas y  toda la larga lista de insultos que se me ocurrieran. Pero no. Aquí la única imbécil, la idiota, soy yo.
La ilusa que se creyó todos y cada uno de esos "Te estaba echando miradas 'especiales' en clase, tía" en frías mañanas de enero. La ilusa que se creyó cada beso.

Las estrellas que vieron como me decías que estabas orgulloso de mí por no rendirme o cuánto me echabas de menos (tanto que "usabas a tus amigos de distracción") ahora se ríen en mi puta cara por ser así de imbécil.

¿Pero que podría esperar de alguien como tú?
Alguien incapaz de recordar ciertos detallitos.
Alguien egoísta a su manera.
Incapaz de decir la verdad hasta para esto. Mentiroso pretencioso.

Me gustaría haber tenido la oportunidad de decirle a mi yo de principio de curso, que no se fijara en el chico callado que tocaba Pink Floyd con la guitarra.
A mí yo de abril, que al final no haber ido a por la rosa fue un error genial.
A mí yo de hace casi un mes, que no sea tan impulsiva.
A la de hace casi dos semanas, que llorarlo con alguien es mejor que llorarlo a solas a las 3 de la madrugada de campamentos.

Pero bueno, yo vuelvo a los cigarrillos que se consumen como mis ganas de volverte a ver. 
¿Estoy resentida? Sí.
¿Estoy dolida? Mucho. Joder, mucho. Y que genial poder reconocerlo.
¿Me arrepiento? En parte. No me arrepiento de "nosotros", o lo que fuera eso. Me arrepiento de haber sido tan inocente. De haber pensado que habías cambiado un poquito.

No sé si debería decirte esto. Al final, tampoco éramos nada serio, según tú. Solo un rollete que para mí, fue algo más.
No te equivoques, no eres el amor de mi vida. Nunca vas a serlo. Pero me marcaste. Para bien o para mal. Pero lo hiciste.
Podríamos haber sido poesía; una de esas de Neruda o Benedetti. Pero nos quedamos en esa canción cutre y pasada de vueltas que ponen en Los 40 Principales a las tantas de la madrugada.

Tampoco sé cómo cerrar esto. 
No te diré que te echo de menos. Ni que te quiero. 
Ahora mismo solo me apetece decirte que te den.
Gracias por romperme sin darme un motivo. 
Espero que te rompan de vuelta.

-B.

diumenge, 21 de maig del 2017

No tengo.


A veces pienso que no tengo. Que no tengo aquello de los que todos fardan en Instagram. Ni tengo aquello que mencionan en Twitter. No tengo mensajes a las tres de la madrugada. No tengo besos. No tengo flores que cuidar. No tengo nada que compartir ni con quien compartir. No tengo. No tengo ropa. Ni zapatos. Ni collares.

No tengo vecinos. Ni casa. Por no tener, no tengo ni portal. Ni buzón. Y tampoco tengo cartas de amor. Ni de desamor. Por no tener, no tengo ni revistas del Eroski en el buzón. No tengo móvil, ni ordenador. No tengo nada de lo que se supone que una persona de occidente de clase media (si es que hay clase media) debería tener.

Aunque por tener, tengo muchas cosas; pero para el uso que me hacen, como si no las tuviera. Como si no tuviera nada. Porque la ropa no me viste y los zapatos no me calzan. El portal no abre y la revista no contiene palabras.

Como si me hubieran extirpado todo lo que han podido, arrancándome toda y cada una de las partes de mí. A tiras, dejándome desangrada en un terraplén para que las hormigas acaben conmigo.

Muerta. Muerta por dentro. Pero a lo lejos alguien sopla palabras, palabras que está vez no son de amor. Sólo palabras. Que dicen. Que expresan. Que contienen. Que liberan. Que son.


dimarts, 2 de maig del 2017

Desnudarte.


Te encontré en un bar oscuro, pero tú destacabas por encima de toda sombra que hubiera a tu alrededor, dejando invisible todo aquello que estuviera cerca de ti.

Me fijé en tu elegancia al caminar, y ahora me fijo en la delicadeza con la que te subes la tira del sujetador, cómo te abrochas la camisa antes de marchar. Cómo suben los pantalones por tus cortas piernas y cómo te subes a esos tacones de infarto.

Cabeza arriba, cariño, siempre con la cabeza arriba y mirada al frente. Y, de tanto en tanto, una media sonrisa al mundo. Pero sólo media y sólo de tanto en tanto, para crearte una coraza que no es tan difícil de destruir como quieres hacer creer, pero sabes mejor que yo que eres frágil, que las dos somos frágiles. Muy frágiles.

Sabes el poder que tiene tu mirada y sabes cómo aprovecharla, cómo hacerme tuya sólo con mirarme de soslayo, cayendo, una vez más, rendida a tus pies. Y te aprovechas de ello y te aprovechas de mí los viernes por la noche cuando te sientes sola, pero eso da igual porque con tu media sonrisa ya me vuelves a tener, ahí, allí o donde tú quieras, pero contigo y aunque sólo por unas horas, enredándome en tu pelo y recorriendo tu cuerpo con la yema de mis dedos.

Y es que no sé si al estar contigo me siento más fuerte o más frágil, si estoy feliz por estar contigo o triste porque te vas a ir, pero cuando me miras a los ojos, con tus ojos del  más común color café, pero los más penetrantes que hay sobre la faz tierra siento que no, que contigo estoy en el sitio equivocado, pero no con la persona equivocada.

Y me vuelvo a derretir contigo y por ti, siendo yo cada vez más pequeña y tú más grande. Pero no un grande monstruoso, no, un grande admirable, maravilloso, incluso tierno y que lo único que quiero yo es penetrar en la persona interior que hay detrás de cada prenda de marca que llevas puesta. Quiero llegar a la persona que a tan pocos dejas conocer. A la mujer débil, frágil, delicada que hay en ti, y que estoy segura que aún, si cabe, es más maravillosa que la coraza que te has construido a lo largo de los años.

Quitar, con mis dedos, cada una de las capas que hay en ti para llegar a tu verdadero tú. Desnudarte a poco a poco y no sólo en sentido literal. Dejarte al desnudo para conocerte y para admirarte. Para quererte y para amarte.

dissabte, 15 d’abril del 2017

Nocturno nº9


En una mesa escondida de un escondido bar de un escondido barrio de una no escondida gran ciudad. Sola. Con el paquete de cigarros sobre la mesa, con la tentación de encender uno y recordando, con añoranza, cómo eran aquellos tiempos en los que se fumaba hasta en la sala de espera de los hospitales.

Vestida de negro, con un vestido que le llega hasta las rodillas y con unos zapatos tipo kitten de color negro. No hay duda: vine de un funeral. Del funeral de su marido. No ha llamado a nadie para que le haga compañía, prefirió pasar este mal trago toda sola, para no molestar y porque, ¿quién iba a echar de menos a su marido? Un hombre mediocre que se creía importante, prepotente, sin amigos, hijo único y huérfano a los veinte años.

Ella tampoco lo echaría de menos.

Victoria, que así es como se llamaba la mujer, le estaba rindiendo un particular homenaje al que fue compañero de hogar (aunque no de vida, por las muchas aventuras extramatrimoniales de ambos). El camarero joven le trajo el whisky que había pedido.

-Aquí tiene, señora.

Ella le hizo una mueca de agradecimiento y el muchacho se retiró.

Devoró el licor poco a poco, notando el escozor cómo bajaba por su garganta, disfrutando el vaso frío cuando lo acercaba a sus labios y escuchando el sonido que hacían los cubitos de hielo cuando volvía a dejar la copa en la mesa.

Cuando hubo terminado la copa, sacó la billetera de su bolso, también negro, cogió un billete y lo dejó encima la mesa. Acto seguido cogió un bolígrafo de punta fina y en una servilleta escribió su número de teléfono. Se puso de pie de manera muy cuidada y marchó del local dejando una cantidad más que considerable de propina.

El viento helado de finales de otoño le cubrió el rostro de tez blanca; algún mechón de su rebelde pelo ondulado salió del exquisito recogido que lucía, pero, aun así, Victoria no se detuvo y continuó caminando. Entre paso y paso sacó el paquete de tabaco que antes había tenido sobre la mesa, de él sacó un cigarrillo. Al meter el paquete de tabaco en el interior, aprovechó para sacar el encendedor, lo encendió y miró con hastío las iniciales grabadas en el mechero. A, de Antonio y V, de Victoria.

Continuó caminando por las calles empedradas de la ciudad clavando firmemente sus tacones, fumando despacio, disfrutando poco a poco cada calada y tirando suavemente al suelo la ceniza sobrante. En ese cigarro estaba quemando la vida de su difunto marido.

Al llegar a su casa, se quitó los talones y se quitó toda la ropa con mucha delicadeza dejándola tirada por el suelo. Abrió el mueble-bar y se sirvió otra copa de whisky que, después de darle un trago, dejó sobre el piano; ella se sentó en el taburete, abrió la tapa del piano y también sus piernas y empezó a tocar, completamente desnuda, el Nocturno número 9 de Chopin.

Cuando se hubo cansado, se levantó y bebió de un trago todo lo que quedaba en la copa. Justo después, sonó su teléfono móvil: era el camarero. Victoria sabía que llamaría, pero, aun así, se hizo la sorprendida y terminó por darle la dirección de su casa.

Victoria se fue hacia el cuarto que durante más de veinte años había compartido con su marido, se tumbó en la cama y empezó a masturbarse. Poco después, sonó el timbre y ella, con una voz tímida dijo:

-Pasa, está abierto.

El joven muchacho siguió el sonido de su voz que lo condujo hasta la habitación de matrimonio y encontró a la mujer completamente desnuda.

-Pasa, no temas.

Y empezaron a hacer el amor hasta que ambos acabaron exhaustos.

El chico se fue sigilosamente de la casa intentando no despertarla.

A la mañana siguiente, Victoria despertó y no recordaba nada. A un lado de la cama tenía una nota que decía: ha sido un placer. En el otro, un papel que le recordaba la defunción de Antonio Reverte.

divendres, 31 de març del 2017

Figuras retóricas.


No soy capaz de encontrar una puta metáfora en un poema de Machado, ni un paralelismo en Góngora ni una sinestesia en García Lorca. Que lo mío no son las figuras retóricas, pienso una y otra vez cuando abro el libro de Antología. Que lo mío no es esto, pienso una y otra vez. Que lo mío no son las figuras retóricas, por mucho que te quejes de mi puta ironía. Pero es que no, lo mío tampoco es ironía, lo mío no sé qué es, pero no ironía; que busqué la definición de ironía por si estaba confundida, y no (yo nunca estoy confundida ni equivocada), lo que pasa es que tú no tienes ni puñetera idea.

Que no tienes puñetera idea ni la has querido tener nunca y aunque sea tu culpa, yo no te culpo de ello. Que cada loco con su tema y cada cerdo con su sanmartín, pero a mi déjame en paz y no me hables. No me grites. No me llores. No me supliques. No me susurres. No me mires. No me leas. No me pienses. No me respires.

Que cierres la puerta de una vez y que me dejes en paz para siempre, te grito mientras te miro por encima del hombro. Porque yo siempre miro por encima del hombro. Porque yo siempre me equivoco y porque yo siempre me confundo. Me equivoco y me confundo con todo, con cada paso que doy y con cada esquina que doblo, con cada llave que introduzco en el bombín y con cada patrón incorrecto. Con cada mensaje y con cada llamada.

Pero que ya no, que ya no me equivoco. Ya no me confundo, porque eres tú la que haces que me confunda, porque eres tú la que haces que me equivoque, porque eres tú la que sacas lo peor de mí y no me dejas en paz. Que tu fantasma lo llevo conmigo siempre y no se va por mucho que yo le deje la puerta entreabierta, que se ve que encontró cobijo al lado de mi cama y como mínimo yo le doy cobijo las noches de lluvia, porque sabe que si me deja y se va contigo se queda a la intemperie y que va a tener que dormir al raso todo lo que le queda de vida, que es poco. Muy poco.

Que no te lloré. No te llore ni una sola vez y no miento. Que miento si te digo que no te echo de menos, pero también miento si te digo que te echo mucho de menos. Que miento si digo que contigo nunca estuve bien, pero también miento si digo que ahora estoy en la mierda. Que miento si digo que mi vida son flores, pero que no miento si digo que ahora, después de mucho tiempo sin que tú te dieras cuenta, empiezo a ver la maldita luz.

Que miento si digo que estoy bien, pero digo la verdad si digo que ahora, por fin, empiezo a saber lo que es estar bien.

dimarts, 21 de febrer del 2017

23 de julio de 2007.


El 23 de julio de 2007 detuvieron a Jaime Jiménez Arbe, El Solitario, en Portugal. El 23 de julio de 2007 yo tenía siete años (y no, no nací en el dos mil). El 23 de julio de 2007 faltaban cuatro años para que se muriese Tom, uno de los pocos perros que no me daba miedo en mi infancia y que cuando aún era más pequeña creía que era un caballo. El 23 de julio de 2007 faltaban menos de diez años para que mi abuelo acompañara a Tom en su viaje.

El 23 de julio de 2007 era verano. El 23 de julio de 2007 mis padres trabajaban y yo estaba en casa de mis abuelos. El 23 de julio de 2007 vimos como detenían a El Solitario en la televisión. El 23 de julio de 2007 quedé impresionada por como trabajaba la policía. El 23 de julio de 2007 jugué con mi abuelo a que él era El Solitario y yo la policía que lo detenía. Tom era mi ayudante.

He recordado muchas veces aquel 23 de julio de 2007. He recordado muchas veces los veranos con mis abuelos. He recordado muchas veces a Tom. Y a mi abuelo más. A mi abuelo lo recuerdo cada día. En cada cosa. En cada momento. En cada nube y en cada estrella. En cada lágrima y en cada media sonrisa. Mi abuelo está siempre, todo el rato, conmigo. Mi abuelo está en mí, en mi madre y en mi abuela. A mi abuelo lo pensamos cada día en silencio y lo lloramos a solas, no vaya a ser que nos descubramos echándolo demasiado de menos.

Echo de menos los sábados de película de Antena 3 después de comer con mis abuelos. Echo de menos los domingos con los primos y deshacer la cama de tanto jugar, saltar y pelear en ella. Echo de menos estar todos juntos. Echo de menos las partidas de la brisca las noches de verano. Echo de menos el ruido de como arrastraba los pies. Echo de menos el ruido de la máquina de ejercicio de mi abuelo. Echo de menos bañarme con él en la piscina. Echo de menos que sea él el que me abra la puerta. Echo de menos la cara de Tom la noche de San Juan. Echo de menos a mi abuelo, a Juan. Echo de menos el 23 de julio de 2007.

diumenge, 29 de gener del 2017

Ausencias.


Esperaba un día cualquiera, como los demás. Bien, digo cualquiera, pero quizá sea necesario especificar qué significaba cualquiera en aquellos momentos, porque me refiero a uno más como los días que habían ocupado las dos últimas semanas: pasándome más de diez horas encerrada en la habitación de un hospital y solo salir para ir al baño o si la enfermera me lo precisaba. Pero me gustaba, aunque no sé si gustar es la palabra adecuada, pero sentía que estaba donde tenía que estar.

Aquel día empezó antes y terminó después, mucho después, aunque solo me lo pareciera a mí y aunque solo hubiera madrugado media hora más de lo que lo solía hacer. Y es que aquel día se derrumbaron todas las ruinas que quedaban en Grecia. Aquel día entró el caballo de Troya a mi vida y arrasó con todo lo que encontró sin dejar nada en pie.

Nunca volví a ver el color de sus ojos. El día anterior lo había hecho y pensé cuánto lo envidiaba por tener los ojos grisáceos y yo del más común color café. Nunca volví a sentir el calor de su mano cuando se la cogía. Y nunca volví a ver la cara que ponía cuando le hablaba; cuando había gente le hablaba de cosas banales y sin sentido, solo para hacer la gracia y aparentar que todo estaba bien… Pero cuando estábamos solos… ah, eso ya era otra cosa; le cogía bien fuerte la mano derecha con mi mano derecha, y con la izquierda lo acariciaba y le decía cuánto lo quería. Y cuánto lo quiero. Y su olor. Ese olor que aún no he podido ni he querido quitar de la punta de mi nariz y que es lo único que huelo cuando cierro los ojos.

Ese día me sentía como un cigarrillo en los labios de Bukowski, solo y sin importancia en un mundo marcado por golpes y más golpes y con La vida en la basura. Pero sobretodo eso, sola. Porque no sé qué me esperaba de un día como aquel, de hecho, nunca me lo había planteado, pero todo eso fue un cúmulo de sensaciones y ninguna de buena. Que sé que aquel día me falló mucha gente, pero estaba demasiado triste como para pararme en pensar en nada y ya casi no me acuerdo.

Supongo que yo solo hago lo que me hubiera gustado que me hicieran a mí y que nadie me hizo,  y hago lo posible para que no se sientan como me sentí yo, porque había una ausencia que destacaba por encima de las demás, pero, con el tiempo, esa es un puñal clavado en el corazón, pero las otras son agujas clavadas por el cuerpo que pinchan de tanto en tanto por la noches.