dilluns, 9 de novembre del 2015

Mapa en blanco.

De cada uno nacen dos, afirman los expertos. Pero de lo que no dicen nada de qué hacer cuando te encuentras sobre un lienzo en blanco en el que debe haber dibujado un mapa con sus debidas coordenadas, sus países, sus capitales… Pero no, ahora ya no.
Y es que yo no quiero hacerte daño, pero dame alguna pista, dime en ese mapa en blanco qué países están guerra, en cuáles explotan a niños y mayores, deja de escribir y dame un poco de tus pensamientos, que quiero saber a qué saben.
Te pido que me perdones, por no saber no ser soez, por no darme cuenta ni recibir ninguna señal y no ir con los pies de plomo. Que te he hecho daño, lo sé, pero créeme que me quema por dentro el hecho de no poder aguantarte la mirada y que me consumo como una colilla en los labios de una adolescente en el cuerpo y el lugar equivocado.
Que me dolió dolerte. Me dolió coger ese mapa en blanco y no saber dónde dirigirme o, quizás, me dolió sólo saber dónde no ir por querer huir de ti. Tuve miedo, miedo de no saber afrontar las cosas a la cara, pero también tuve miedo de huir; que algunas veces, la única manera de mirar hacia adelante es sin mirar hacia atrás, que el mapa ya no tiene meridianos porque tú los has borrado con tu sombra y ahora el papel se siente vacío y el rotulador innecesario.
Las flores se han marchitado, pero seguro que vendrá otra primavera con nuevas rosas y nuevos sonidos y nuevas sensaciones. Que el esperar se hace eterno y las horas son vidas caídas en el momento inesperado rompiendo el corazón que ya estaba quebrado por tormentas pasadas. 

dimecres, 28 d’octubre del 2015

Ramón Sijé

En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como el rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería.

Yo quiero ser llorando el hortelano
del la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
A las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un mazotazo duro, un golpe helado,
un hechazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobro rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdona a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hechas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
adentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas 
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
de almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

-Miguel Hernández

dimecres, 12 d’agost del 2015

Una (no cualquiera) carta de amor

“Solo encontraremos una habitación barata de hotel donde soñar.”

“Que el mundo es bonito y que la vida está llena de amor y de grandeza. Pero de buena mañana ya tendremos deudas y obligaciones, y tendremos que pagar el precio de las cosas triviales.”


Y es que supongo que tienes razón cuando dices que soy una borde, porque lo soy. Y también soy frívola y distante, pero eso solo a veces, creo.
Pero supongo que es por eso por lo que te escribo, porque así es la única forma que tengo de deshacer mi coraza y dejar mostrar lo que siento sin ningún tipo de conciencia o remordimiento.
Y supongo que lo sabes, espero que lo sepas y no porque te lo digo, sino porque te lo demuestro con mis actos: te quiero, te quiero con locura.
Sé que no te lo digo tantas veces como tú, pero nunca fui de decir tales cursiladas a la cara, aunque me temo que a veces sea necesario.
Llámame tímida, llámame cobarde, pero me es mucho más fácil escribir esto y colgarlo en el blog con la certeza de que lo vas a leer, que dártelo cara a cara, me moriría de vergüenza.
Pero te juro –por mucho que jurar sea pecado-, te juro que  un día voy a poder gritar a los cuatro vientos que te quiero, porque no quiero esconderme ni esconderte.
No tiene sentido relatar todo lo que hemos superado, pues tú lo sabes mejor que nadie. Sabes que ni lo es ni va a ser fácil, que este mundo no está hecho para gente como nosotras, pero que aun así vamos a ser capaces de superarlo todo y más, que tendría que caerme una bomba encima para decir que no te quiero, y aun así no prometo ser capaz de decir tal barbaridad.
Porque tú sacas lo mejor de mí.
Porque me haces enfadar, pero aun te quiero más.
Porque de tanto que te odio, te quiero con locura.
Porque eres una pija. Sí, eres una pija, pero eres mi pija, y de nadie más.
Porque no puedo remediar quererte un poco más cada día.
Porque rompiste mi monotonía.
Porque, como dice la canción: “te quiero, te adoro y te vuelvo a querer.”
Porque sin ti me pierdo.
Porque si tú te tiras, yo me tiro. Si tú sangras, yo me muero.

Porque quiero que calles y que me beses sin más.



dijous, 6 d’agost del 2015

“Life is not measured by the number of breaths we take, but the number of moments that take our breath away”

A veces, en la vida, sin saber muy bien quién o qué,  hay algo o alguien que pone un par de personillas maravillosas en tu camino que te hacen bailar sobre el asfalto mojado sin que te importe lo demás.

La putada es cuando ese alguien se marcha y, tal vez, no vuelvas a coincidir con él jamás. Quién sabe. Nadie sabe, pues las cosas van y vienen, suben y bajan,  te hacen reír y llorar. Espasmos de la vida. Momentos de la existencia por los que todos pasamos alguna vez.

Las personas emocionan y se emocionan, y muchas veces tienen la capacidad de hacer ambas cosas a la vez. Y una de esas personas fue Laura. Laura se emocionó con un texto que había escrito y, como mínimo a mí, hizo que unas gotillas se deslizaran de mis ojos por mis mejillas en forma de lágrimas gracias -o a causa- de sus palabras.

“No es nada fácil tratar de dar consejos, sobretodo porqué los más buenos merecen demasiado, porqué cada uno los descubre y, probablemente, en su tiempo, al final, lo olvide.
No se trata de unos apuntes de libreta, de teoría barata de una filosofía cerrada, pero aunque suene a un libro viejo, la experiencia va antes de la mano.
Primero, hay que vivir. La vida no está para pensar. Construid, errad, cambiad,  probad. Dejad la pereza de lado, usadla solo algunos momentos, pero que no os ocupe demasiado. Confiad en que no sois de lo inculcado. Daros objetos y oportunidades, aprovechadlas.
Segundo, hay que observar. Hay que tratar de comprender e interpretar, usad vuestra mente y daros tiempo. Sin pararse, pero sin agobiarse. Regalaos ventajas para vosotros mismos, pero no olvidéis que demasiada soledad mata, que compartir es parte de la existencia de los grupos importantes. Que las cosas se estropean con facilidad y que hay que estar ahí para cuidarlas. Que intentéis siempre mejorar pero que os lo toméis con calma, no vale la pena estresarse, al final nada es tan importante.
Que sepáis salir y entrar, saber tener un pie a cada lado. Que fluis, pero tampoco os dejéis llevar. Que os arméis siempre valor y que sepáis apreciar. No odiéis demasiado, que tengáis personalidad. Tratad de entender que la vida os da palos. Que sepáis reíros de los demás, pero dejad prudencia a lo inesperado. Que no cerréis puerta a la diversidad.
Y si veis que eso no os va, moveos para otro lado.”

                -Laura

diumenge, 14 de juny del 2015

Italia no será eterna.

Todo empezó con la misma ilusión con la que un niño pequeño abre los regalos de Papá Noel en Navidad  y con la inocencia y temeridad de cuando aprendes a ir en bicicleta sin la ruedas de atrás, como si aquello que llevabas soñando durante tanto tiempo, al fin, se hacía realidad.
Y sí, ya estábamos en Italia. Y la miré a los ojos mordiéndome el labio inferior como lo hacía solo cuando estaba con ella, la imaginé. En Verona le escribí una carta diciéndole cuánto la quería, imaginando que las representantes de Julieta me la responderían como ocurre en la película de Winick y que me aconsejarían dejándome caer un susurro en lo alto de la oreja, e imaginé que me giraba y que la tenía detrás, esperándome y que todo volvería a ser como aquel día y que volvería a pasear con ella cogida de la mano mirándola de soslayo. Pensé cuánto la quería y no encontré una medida exacta.
Paseé por las calles empedradas con el resto de la gente, y aunque no estaba a mi lado, sabía que estaba presente en las pequeñas cosas y la veía en cualquier esquina que daba a un callejón sin salida y le sonreía. Le sonreía sin saber que una bomba estallaría en mí como lo hace un petardo en la noche de San Juan.
Y la magia de Verona se perdió, aunque no sé si para siempre. Las palabras a modo de balas podían más que una calle hermosa con fachadas de colores y flores colgando desde los alféizares.
Venecia, bonita Venecia, aunque en ese momento se encontraba, por primera vez, en mis ojos y en un hotel perdido en algún lugar no demasiado lejos de dicha isla. Casualidades, supongo. Venecia es linda, acogedora, tiene y me da vida. Pero su recuerdo en cualquier góndola o en una mera máscara de un escaparate me mataba por dentro con la intención de sacarme las entrañas y querer hacer volar todos sus canales por los aires, pero aun así, no lo consiguió, era demasiado bonita y aunque no fuese la mía, muchas otras parejas tenían derecho a pasear por sus callejones y besarse en sus puentes.
Las noches eran duras, duras y largas. Pero con la compañía de un vaso en una barra de un bar siempre se pasan mejor.
En Florencia era lo mismo, belleza, mucha belleza acumulada en sus calles, pero, ¿para qué? o ¿para quién? Para alguien que había ido soltando pedazos de su corazón en calles de alguna ciudad desconocida estaba claro que no, pero aun así, Florencia se apoderó de un pedacito de ese corazón que se debatía entre la vida y la muerte. Pero no era fácil. Cuatro de cada tres cuadros que veía me hacían volver a pensar en ella por mucho que luchase para no hacerlo y creía que los cuadros de Botticelli llevaban escrito su nombre en la frente de los personajes, pues estaba presente en las cosas más insospechadas. Y en el mirador del Duomo pensé cuan bonito sería poder besarla desde las alturas teniendo Florencia a nuestros pies.

Pero dicen que nada es para siempre, e Italia no será eterna. 

dijous, 30 d’abril del 2015

Crónica de un pájaro.

Junto a mis compañeras golondrinas que llegaron con la primavera, llegaron, también, las familias que ya se habían roto para siempre.
Empezaron a llegar autocares y coches con gente desolada en el interior, con gente a las que se les había arrancado parte de ellas en esas bellas montañas. Algunos lloraban, otros no creían que enfrente suyo tuvieran el lugar del horror, las mujeres andaban sin un rumbo definido y se movían por la inercia del viento que soplaba en la colina, mientras los hombres se dedicaban a mirar el lugar del siniestro sin dar crédito a nada.
Yo seguía impasible mirando el panorama, recordando la infinidad de veces que había sobrevolado el valle en el que ahora se centraban todas las miradas. Veía helicópteros pasar buscando cuerpos sin vida, cajas negras, móviles y cualquier cosa que les diera información de la locura. Centenares de periodistas y cámaras, vecinos que se volcaban en todo y a los que ya nos les importaba que yo me apoyara en su coche, pues había decenas de cosas más importantes en las que centrarse.
Yo seguía en mi rama habitual de las doce del mediodía cuando, todos, pero absolutamente todos los que había por allí se juntaron y dejaron que el viento que soplaba, el batir de alas de algunos compañeros y el sonido de las lágrimas que caían se convirtieran en la sinfonía que nos acompañó durante un tiempo que se me hizo eterno, pero a buen seguro que para los otros no sería más que un mero minuto añadido a la película de terror que habían empezado a vivir desde hacía apenas unos días y con la cual tendrían que convivir el resto de su vida.
La gente lloraba, se abrazaban los unos a los otros aunque fueran de distintos países, aunque no se entendieran pero se comprendieran demasiado bien.
Desde que la tragedia se me había abierto delante de los ojos no hice más que contemplarla e intentar empatizar con todos ellos, imaginando las vidas que cerraban en esas montañas, en mis montañas y que ahora alguien había hechizado con la pócima de la desesperación.
Empezaba a oscurecer y yo me tenía que ir a mi nido si no me quería perder en el frío de las noches de primavera como ya se habían perdido otros.
Pero hoy, años después, todo sigue como antes de la tragedia: se hielan las montañas en invierno, las flores florecen en primavera, en verano somos bañados por el sol y en otoño los árboles se dejan desnudar al compás que marcan las agujas del reloj del tiempo y de los años.

Diez años han pasado ya de todo aquello, pero aun así, las imágenes de la desesperación aparecen en mí en forma de pesadilla, atormentándome con los rostros rotos, con las lágrimas caídas y con decenas de cuerpos sin vida. 

dimecres, 22 d’abril del 2015

Cocaína.


"Cuando la conocí tenia 16 años...

Fuimos presentados en una fiesta, por un "tío" que decía ser mi amigo.
Fue amor a primera vista.
Ella me enloquecía.
Nuestro amor llegó a un punto, que ya no conseguía vivir sin ella.
Pero era un amor prohibido.
Mis padres no la aceptaron.
Fui expulsado del colegio y empezamos a encontrarnos a escondidas.
Pero ahí no aguanté mas, me volví loco.
Yo la quería, pero no la tenía.
Yo no podía permitir que me apartaran de ella.
Yo la amaba: destroce el coche, rompí todo dentro de casa y casi maté a mi hermana. Estaba loco, la necesitaba.
Hoy tengo 39 años; estoy internado en un hospital, soy inútil y voy a morir abandonado por mis padres, amigos y por ella.
Su nombre?
Cocaína
A ella le debo mi amor, mi vida, mi destrucción y mi muerte."


Freddie Mercury

dijous, 19 de febrer del 2015

La espera

Gracias malagueña.


Siete minutos tarde, siempre llegaba siete minutos tarde y ya habían pasado dos.
La estaba esperando tumbada sobre la arena de la Barceloneta mientras miraba el maravilloso atardecer que me estaba dando esa tarde de julio en la ciudad. El sol se reflejaba sobre el mar de una manera espectacular y el cielo estaba tomando un color rosado sobre el que se veían los pájaros que tenían la libertad de volar más bajos.

Estaba jugando con mis dedos sobre la arena cuando, de repente, empecé a escuchar música de un grupo de esos de verano que ponen la gorra para que alguien les dé la voluntad. Yo no iba a ser uno de ellos, aunque me gustaba como tocaban el acordeón y el violín y la voz del cantante. Algunos de los más desvergonzados se marcaron unos pasos de  baile en medio de un improvisado círculo de público.

Estaba impaciente por verla, por notarla, por sentirla a mi lado, por besarla… Solo la quería a ella en toda la playa, me sobraban los pájaros, las rocas, los edificios, los músicos y su público, solo la necesitaba a ella para estar bien, porque ella rompió mi monotonía y prometí hacerla feliz. No sé si yo lo lograba, pero aseguro que, gracias a ella, yo lo era.

Ya habían pasado seis minutos desde la hora acordada y empezaba a estar nerviosa, no sabía cómo me iba a recibir, ni por dónde vendría y quería estar preparada para ella. Me estaba fijando en que cada vez el sol estaba más bajo cuando, de repente, alguien me tapó los ojos por detrás, estaba claro que solo podía ser ella, y me encantaba.


Me tiré para atrás haciendo que ella cayese sobre la arena cálida, me giré y la besé mientras ella intentaba guardar unas risas que usaríamos más unos minutos después. 

dimarts, 17 de febrer del 2015

Solo tú y yo en todo Madrid.

Después de tacharla de borde me empezó a interesar. La acababa de  conocer y por no recibir la respuesta que esperaba la insulté en mi interior, pero nada importante, pues. 
Pero, así, de repente, todo cambió con una sonrisa que tampoco esperaba, y es que tenía una sonrisa realmente bonita y un acento andaluz que me ponía los pelos de punta con solo escucharlo.  
Durante toda la tarde tuvimos un juego de miradas indecentes, de gestos que incitaban al pecado y de sonrisas de niñas rebeldes. 
Nos despedimos de todos y dijimos que nos ibamos por separado, aunque ambas sabíamos que eso era mentira. Y salimos del local, me dirigía a buscar mi moto, pero tú fuiste más rápida y me agarraste de la mano y, sin hacer demasiadas preguntas, te seguí, sabía que no me equivocaba. 
Caminamos mirándonos hacia un lugar oscuro de la ciudad al lado de uno de esos bares en los que se encuentra compañía una noche de soledad, me apartaste los pelos de la cara y me besaste, y me dejé besar, pues no había deseado nada más en toda la tarde que poder notar tus labios. 
Empapaste mi boca de tu saliva y de la mía la tuya, recorriste mi espalda con tus dedos mientras yo perdía mis manos entre tu pelo rizado y cerraba los ojos. No sabíamos lo que estábamos haciendo, o quizá lo sabíamos demasiado bien.
Nos separamos y me perdí en tus ojos color caramelo y volvimos a juntar nuestros labios antes de que me preguntaras si quería subir a tu casa en ese piso de mala muerte. Obviamente acepté. No me equivicaba, era un piso antiguo en un barrio de mala reputación, pero me sorprendió que la decoración fuera tan moderna y de colores tan claros. 
Me hiciste pasar a ese segundo sin ascensor, me hiciste girar, cerraste la puerta de una puntada y me voliviste a besar, y a cogerme de la cintura y hacerme sentir que solo estábamos tú y yo en todo Madrid.

dimecres, 11 de febrer del 2015

Y nos.

Y no, no sé cuándo dejamos de ser una sola para dividirnos y volver a ser eso que una vez nos prometimos que no volveríamos a ser jamás: unas almas vagabundas que ya, ni siquiera, se reconocen al mirarse frente un escaparate.

Pero es que fuimos más que un cigarrillo para acabar como una colilla consumida tirada al lado de una papelera.

No sé el por qué, ni el cómo y no recuerdo el cuándo empezamos a ser unas desconocidas que compartían, de tanto en tanto, un trozo de cama y unos instantes de placer. No sé cuándo, un día, de la noche a la mañana, dejamos de saber. Empezamos a dejar de saber de todo: de las constelaciones y de las estrellas, de libros y poemas, de manifestaciones y revoluciones y, por supuesto, también dejamos de saber la una de la otra.

Dejé de envolverme en tus ojos verdes, de meter mis dedos entre tus rizos y substituí las risas por unas lágrimas escondidas que tú dices no saber que existían. Dejé de salir para solo pensar en ti, de reír porque me sentía mal que no fueran unas risas contigo. Dejé de fumar porque únicamente fumaba después de hacer el amor contigo. Pero substituí el cava por el champagne para sentir que aun me quedaba algo de compañía.

Y nos volvimos a encontrar y a vernos, y nos volvimos a mirar con esa mirada de adolescentes enamoradas que se ciegan con una ilusión que no volverán a alcanzar: la ilusión de tocar el cielo con la puntilla de los dedos al gemir de placer tras una noche de sexo con amor.

Y nos volvimos a ver, a encontrarnos y a besarnos, pero con el pacto mudo de que nada volvería a ser como antes. Y nos prometimos ser felices aun sabiendo que esa promesa nos llevaría a la esquina más oscura de la infelicidad. 

dijous, 1 de gener del 2015

Ha sido un placer.

El 2014 ha sido un año lleno de momentos, de ilusiones, de sueños, de amores y, también, de desamores. De amistades. De soportes compartidos. De lloros y de nervios. De alguna decepción, tal vez. De besos y abrazos. De vacaciones para recordar. De risas para no borrar. De conciertos. De teatro y de mojitos. De charlas durante la madrugada. De noches de no dormir y de mañanas de marmota. De despidos hasta dentro de mucho tiempo. De bienvenidas. De personas nuevas que han llegado para quedarse. De personas que se han ido dejando huella en el corazón y en la vida. De celebraciones. De morir mucho amor. De estar y de ser. De disfrazarse. De subir sobre un escenario. De reencuentros lejanos. De decir "ya quedaremos" y no quedar. De puestas de sol. De compras y devoluciones. De miradas. De perder el tren. O, quizá,  de no bajar en la estación adecuada. De películas y de series. De emociones. De polis y cacos.
De heridas y de mercromina. De helados. De yogures. De conversaciones en la playa. De hablar de todo lo que quieres hacer.
De hablar de todo lo que vas a hacer en 2015.

Hasta nunca, 2014. Ha sido un placer.


Anna