diumenge, 21 de maig del 2017

No tengo.


A veces pienso que no tengo. Que no tengo aquello de los que todos fardan en Instagram. Ni tengo aquello que mencionan en Twitter. No tengo mensajes a las tres de la madrugada. No tengo besos. No tengo flores que cuidar. No tengo nada que compartir ni con quien compartir. No tengo. No tengo ropa. Ni zapatos. Ni collares.

No tengo vecinos. Ni casa. Por no tener, no tengo ni portal. Ni buzón. Y tampoco tengo cartas de amor. Ni de desamor. Por no tener, no tengo ni revistas del Eroski en el buzón. No tengo móvil, ni ordenador. No tengo nada de lo que se supone que una persona de occidente de clase media (si es que hay clase media) debería tener.

Aunque por tener, tengo muchas cosas; pero para el uso que me hacen, como si no las tuviera. Como si no tuviera nada. Porque la ropa no me viste y los zapatos no me calzan. El portal no abre y la revista no contiene palabras.

Como si me hubieran extirpado todo lo que han podido, arrancándome toda y cada una de las partes de mí. A tiras, dejándome desangrada en un terraplén para que las hormigas acaben conmigo.

Muerta. Muerta por dentro. Pero a lo lejos alguien sopla palabras, palabras que está vez no son de amor. Sólo palabras. Que dicen. Que expresan. Que contienen. Que liberan. Que son.


dimarts, 2 de maig del 2017

Desnudarte.


Te encontré en un bar oscuro, pero tú destacabas por encima de toda sombra que hubiera a tu alrededor, dejando invisible todo aquello que estuviera cerca de ti.

Me fijé en tu elegancia al caminar, y ahora me fijo en la delicadeza con la que te subes la tira del sujetador, cómo te abrochas la camisa antes de marchar. Cómo suben los pantalones por tus cortas piernas y cómo te subes a esos tacones de infarto.

Cabeza arriba, cariño, siempre con la cabeza arriba y mirada al frente. Y, de tanto en tanto, una media sonrisa al mundo. Pero sólo media y sólo de tanto en tanto, para crearte una coraza que no es tan difícil de destruir como quieres hacer creer, pero sabes mejor que yo que eres frágil, que las dos somos frágiles. Muy frágiles.

Sabes el poder que tiene tu mirada y sabes cómo aprovecharla, cómo hacerme tuya sólo con mirarme de soslayo, cayendo, una vez más, rendida a tus pies. Y te aprovechas de ello y te aprovechas de mí los viernes por la noche cuando te sientes sola, pero eso da igual porque con tu media sonrisa ya me vuelves a tener, ahí, allí o donde tú quieras, pero contigo y aunque sólo por unas horas, enredándome en tu pelo y recorriendo tu cuerpo con la yema de mis dedos.

Y es que no sé si al estar contigo me siento más fuerte o más frágil, si estoy feliz por estar contigo o triste porque te vas a ir, pero cuando me miras a los ojos, con tus ojos del  más común color café, pero los más penetrantes que hay sobre la faz tierra siento que no, que contigo estoy en el sitio equivocado, pero no con la persona equivocada.

Y me vuelvo a derretir contigo y por ti, siendo yo cada vez más pequeña y tú más grande. Pero no un grande monstruoso, no, un grande admirable, maravilloso, incluso tierno y que lo único que quiero yo es penetrar en la persona interior que hay detrás de cada prenda de marca que llevas puesta. Quiero llegar a la persona que a tan pocos dejas conocer. A la mujer débil, frágil, delicada que hay en ti, y que estoy segura que aún, si cabe, es más maravillosa que la coraza que te has construido a lo largo de los años.

Quitar, con mis dedos, cada una de las capas que hay en ti para llegar a tu verdadero tú. Desnudarte a poco a poco y no sólo en sentido literal. Dejarte al desnudo para conocerte y para admirarte. Para quererte y para amarte.