A
veces pienso que no tengo. Que no tengo aquello de los que todos fardan en
Instagram. Ni tengo aquello que mencionan en Twitter. No tengo mensajes a las
tres de la madrugada. No tengo besos. No tengo flores que cuidar. No tengo nada
que compartir ni con quien compartir. No tengo. No tengo ropa. Ni zapatos. Ni
collares.
No
tengo vecinos. Ni casa. Por no tener, no tengo ni portal. Ni buzón. Y tampoco
tengo cartas de amor. Ni de desamor. Por no tener, no tengo ni revistas del
Eroski en el buzón. No tengo móvil, ni ordenador. No tengo nada de lo que se
supone que una persona de occidente de clase media (si es que hay clase media)
debería tener.
Aunque
por tener, tengo muchas cosas; pero para el uso que me hacen, como si no las
tuviera. Como si no tuviera nada. Porque la ropa no me viste y los zapatos no
me calzan. El portal no abre y la revista no contiene palabras.
Como
si me hubieran extirpado todo lo que han podido, arrancándome toda y cada una
de las partes de mí. A tiras, dejándome desangrada en un terraplén para que las
hormigas acaben conmigo.
Muerta.
Muerta por dentro. Pero a lo lejos alguien sopla palabras, palabras que está
vez no son de amor. Sólo palabras. Que dicen. Que expresan. Que contienen. Que
liberan. Que son.