dilluns, 31 d’octubre del 2016

Primero de noviembre, Día de todos los Santos.


La muerte siempre había estado en mí tan presente como lo está en las otras personas, sabes que existe, que un día, tarde o temprano, te llegará y que también les llegará a los de tu alrededor, aunque prefieres la primera opción para evitar sufrir con la pérdida de los tuyos, pero es ley de vida.

Mentiría si dijera que no he conocido personas que se han muerto, incluso a muy muy temprana edad y de manera injusta, y también mentiría si dijese que no he sufrido con su pérdida.

Pérdida. Aunque la muerte estuviese presente en mi vida de manera intermitente, nunca me había parado a pensar lo que esta significaba, y es que nunca me había dado cuenta que la muerte de alguien significa no volver verlo. Jamás. Solo en fotos. Inocencia, supongo. Cuando él estaba tan enfermo y ya sabíamos que el desenlace era inminente tampoco pensaba en la opción de no volver a verlo jamás, tenía tan asimilada la rutina de irlo a visitar al hospital que pensaba que duraría toda la eternidad. Ese hospital con las paredes blancas y amarillas que discutíamos si eran verdes o amarillas, pero que para mí siempre serán amarillas, se convirtió, durante un tiempo, mi segunda casa. La primera vez que me di cuenta que no lo volvería a ver nunca más fue cuando introdujeron el ataúd en ese agujero negro. Incluso en el velatorio, lloraba por su muerte, pero en ningún momento fui capaz de pensar lo que esta comportaba.

Y dicen que el tiempo lo cura todo, y yo cada vez lo dudo más, cada vez lo echo más de menos y lo siento más en las pequeñas cosas y lo veo por todos lados. En cualquier sitio me acompaña y pienso que todo lo hago por él, incluso cuando lo hago por mí, pienso que lo hago por él.

A veces, cuando estoy mal con o sin razón, de una manera u otra le echo la culpa al pensar: si él estuviera aquí esto no me habría pasado, o esto no me sería tan insoportable. Y la verdad es que no sé lo que pasaría si él estuviese conmigo, pero probablemente tendría los mismos problemas sin el aliciente que me pongo yo sola al pensar en su ausencia.

Hasta hace poco pensaba que después de la muerte no había nada, solo oscuridad. Ahora me odio por pensar y por decir eso. Me niego a pensar que toda su vida se reduzca a oscuridad. Él vivió demasiado para que sea todo oscuro. Taché de tontería la idea de un paraíso y de un cielo eterno, pero cierto es que cuando pienso en él miro hacia arriba, esperando encontrarlo entre las nubes, pensando que él me mira con sus ojos llenos de amor como hacía siempre. Como dijo aquella enfermera que me miraba, con adoración. La misma adoración que yo tenía, y tengo, hacia él.

Me gustaba descubrirlo mirándome sentado en un extremo de la mesa. Me gustaba cantarle, por muy mal que cantase, la canción del musical que tenía esperanzas que viera, cantarle siempre la misma canción y callándome siempre a la misma palabra haciendo ver que me olvidaba, en la palabra muerte para no llamar al mal tiempo.

Lo que nadie sabe, es que ese día, ese maldito día que tanto recuerdo y que tan poco me gusta recordar, me había puesto la alarma temprano para poder pasar más tiempo con él y para así poder salir a comer con la conciencia tranquila, pero la alarma no me despertó. Fueron los sollozos de mi madre los que me sacaron de la cama ese día.