Lloras. Te miran. Sonrisas a tu alrededor. Miradas
tiernas. Mimitos y carantoñas. Sonríes. Gateas. Palabras. Papá. Mamá. Tete. Pipí
y caca. Caminas. Parque. Tobogán. Columpio. Cubo y pala. Bolas de arena.
Vacaciones en Valencia con los abuelos. Besos. Ferias. Amigas y amigos. Escuela.
Bata. Maestra. Maestro. Profesor de historia. Dibujas. Te distraes. Partidos de
fútbol los sábados a la tarde. Festival de fin de curso. Aplausos. Miradas orgullosas
de mamá. “Ésa es mi hija”. Cambio de colegio. El instituto. Gente que va y viene.
Nuevos aires. Soñar. Aspiraciones. Más profesores de historia. Decisiones decisivas.
Astucia. El deber o el querer. Amor. Ya no hay batas. Pero continúa habiendo
etiquetas. Mensajes de WhatsApp a las tres de la mañana. Y a las 12 de la noche
si es fin de año. Cada año, copas de más y personas de menos. Abuelo. Echar de
menos. Echar de menos las vacaciones en Valencia. Echar de menos siempre, cada
día. En las pequeñas cosas. Risas con los primos. Ver fotos de carrete y hacer
selfies. Escribir tweets. Fin de curso. Viaje en autocar a Italia.
Manifestaciones. Por el IVA cultural. Por la educación y la sanidad. Pública.
Manifestarse por el simple derecho de manifestarse. Amigos y amigas. Risas. Graduación.
Vestidos y trajes. Peinados. Laca y espuma en los pelos largos. Despedidas,
quizá, para siempre. Otras puertas se abren. Oportunidades. Gente nueva, pero,
también, ausencias nuevas. Abrazos y aplausos. Amor y desamor. Besos. Con
lengua. Amor. Hacer el amor. Cogerse de la mano. Zapatitos de talón. Bambas los
domingos. Bambas cada día. Veranos con amigos en la playa en verano. Esquiando
en invierno y en el pueblo en Semana Santa. Universidad. Carrera. Máster.
Independizarse. Trabajo. Oficina. Casa. Trabajo. Oficina. Casa. Trajes. Papeles
importantes. Papeles con mocos en primavera. Alergia al polen. ¡Boda! Anillos. Invitados.
Nervios. Sí, quiero. Embarazo. Náuseas. Mareos. Nueve meses. Es niña. ¿Ana o
María? María. Miradas a su alrededor. Despertarse a las tres de la mañana. Y a las
cinco. Que no le pase nada. Llora. Mama. Y continúa llorando. Gases. Hambre.
Felicidad. Hermanito para María. Héctor. Juegan. Ríen. Más besos. Más mimos.
Más abrazos. Más amor. Canciones de Sabina. Más felicidad. Papá y mamá. María y
Héctor. Vacaciones en Valencia, otra vez. Y vacaciones en la Sierra. El ciclo
continúa. Con diferente gente. Con diferentes caras. Con diferentes risas. Con diferentes
conversaciones. Con diferentes miradas. Amigos que son padres de los amigos de
los niños. Cenas los sábados por la noche. Excursiones en grupo el último
domingo de cada mes. Partidos de básquet los sábados por la tarde. Festival de
patinaje en junio. Crecen. Se gradúan. Se enamoran. Se emancipan. Se van. Vuelven
los domingos a comer. Y se están un rato. Hasta las seis. Y se van hasta el
próximo domingo. Aunque el miércoles te llaman. Y te mandan besos. Y rosas el día
de tu cumpleaños. Tienen hijos. Y tú tienes nietos. Tres. Y juegas con ellos.
Les das chocolate. Y golosinas. Les das, también, dos euros cada domingo. A cada
uno. Para que se compren más chuches entre semana. O cromos. Son alegría. Y creces.
Te haces mayor. Y más mayor. Vives. Lees. Te hacen leer. La Vanguardia. El
mundo deportivo. El Marca. Lecturas. Beckett. Shakespeare. Benedetti y Neruda.
Ausencias. Recuerdos. Mamá y papá. Y las hermanas Elena y Mónica. Y Agustín. El
vecino del número 24. Echar de menos. Llorar por las noches. O mientras haces
media. Continuar para adelante. Esperar con ansias el domingo. Viajar. Con el
imserso. A cambio de un jamón o cinco litros de aceite. Volver a casa. Y continuar
haciéndote mayor. Y más ausencias, para siempre, de gente conocida. Enfermedad
de tu compañero de vida. De tu amor. Apagarte. A poco a poco. Como una vela. Día
tras día. Momento tras momento. Dejar de recordar. Enfermedad. Médicos.
Hospitales. Residencias. Ya no hay domingos. Ya no hay comidas ni veranos en
Valencia. Ni la casa de la Sierra. Hay visitas, dos días a la semana de cada
uno de los hijos. A veces con los niños. A veces no. Te vacías. Oscuridad. Día tras
día. Monotonía. Sábanas blancas. Te dan de comer como un niño de tres años. Compota
de manzana de postre. Te cuidan. O intentan hacerlo. Tan bien como pueden. Pero
te continúas apagando. Hasta que alguien sopla la vela y mueres. Oscuridad.
Vestidos y trajes de negro. Fin. A tu alrededor, lloros.
dilluns, 22 d’agost del 2016
diumenge, 14 d’agost del 2016
Llega pronto 2017
Dicen que cuando pisas una mierda trae buena suerte, pero de esta expresión
hay segunda parte, y es que, si la mierda la pisas con el pie izquierdo, sí que
da buena suerte, mientras que si lo haces con el derecho trae mala suerte.
Quizá lo que me pasó el dos de enero de 2016 sólo era un augurio de lo que
vendría a suceder en el resto del año, porqué sí, porqué yo pisé una mierda con
la bamba (blanca) del pie derecho.
Aunque, quizá, lo mejor de este año que se acaba se encuentra en esos
primeros días de enero, en los días en los que aún confiaba en la gente, en el
amor, en los que aún había esperanza de que todos tardasen mucho tiempo en irse
para siempre.
Pero, cuando tu mundo se desmorona de la noche a la mañana, es malo, pero
creo que aún es peor cuando ves como éste se va desmoronando día tras día sin
poder hacer nada por salvarlo, por darle unos días más de vida, de la vida que
ahora ya no tiene ese ser querido al que tanto amas y al que ya no está. Como
cuando ibas a verlo, día tras día, lo veías un poco peor, como se le veía el
transcurrir de los días como si fueran años en su rostro, y como cuando te
despedías de él con una sonrisa y un beso, pensabas: por favor, que no sea esta
noche.
Pero esa noche llegó y mi mundo se desmoronó, de la misma forma que le pasó
a gente de mi alrededor. Quizá por este motivo sea por el cual odio tanto este
maldito año.
Pero cuando aún no te has recuperado de lo que supone una pérdida de tal
magnitud, y cuando piensas que nada puede ir ya peor, te dan una noticia que te
demuestra que sí, que todo puede ser mucho peor. Quizá, si él aún estuviese con
nosotros, esta segunda noticia no me hubiese supuesto tal drama ni tal
desgracia, porque las cosas pasan porqué sí.
Aunque debo reconocer que durante esta temporada de desgracia tras
desgracia he tenido gente que ha estado a mi lado, pero debo reconocer que, muy
probablemente por mi actitud y por mi forma de ser, no es mucha, bien al
contrario. Pero los que continúan al pie del cañón, quizá tampoco me los
merezca, pero que, si están ahí, espero que no se vayan nunca. Nunca.
Que eso que dicen que llegan unas personas, pero se van otras, este año no
ha sido cierto, porque las personas que han estado conmigo y que me han sacado
risas siempre que han podido si no estaban antes, ya llegaron en 2015, pero que
las que se fueron, se fueron en 2016, y para siempre.
De la misma forma que dije que 2015 había sido mi año, digo que 2016 ha
sido una de mis peores pesadillas, y quizá por eso aún sigo confundiéndome
cuando digo que estamos en 2015 y por eso escribo esta despedida a 2016 una
tarde de agosto, para ver si, en diciembre, algo de lo que dicen estas
palabras, ha cambiado.
Llega pronto 2017.
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