dilluns, 22 d’agost del 2016

Una vida.


Lloras. Te miran. Sonrisas a tu alrededor. Miradas tiernas. Mimitos y carantoñas. Sonríes. Gateas. Palabras. Papá. Mamá. Tete. Pipí y caca. Caminas. Parque. Tobogán. Columpio. Cubo y pala. Bolas de arena. Vacaciones en Valencia con los abuelos. Besos. Ferias. Amigas y amigos. Escuela. Bata. Maestra. Maestro. Profesor de historia. Dibujas. Te distraes. Partidos de fútbol los sábados a la tarde. Festival de fin de curso. Aplausos. Miradas orgullosas de mamá. “Ésa es mi hija”. Cambio de colegio. El instituto. Gente que va y viene. Nuevos aires. Soñar. Aspiraciones. Más profesores de historia. Decisiones decisivas. Astucia. El deber o el querer. Amor. Ya no hay batas. Pero continúa habiendo etiquetas. Mensajes de WhatsApp a las tres de la mañana. Y a las 12 de la noche si es fin de año. Cada año, copas de más y personas de menos. Abuelo. Echar de menos. Echar de menos las vacaciones en Valencia. Echar de menos siempre, cada día. En las pequeñas cosas. Risas con los primos. Ver fotos de carrete y hacer selfies. Escribir tweets. Fin de curso. Viaje en autocar a Italia. Manifestaciones. Por el IVA cultural. Por la educación y la sanidad. Pública. Manifestarse por el simple derecho de manifestarse. Amigos y amigas. Risas. Graduación. Vestidos y trajes. Peinados. Laca y espuma en los pelos largos. Despedidas, quizá, para siempre. Otras puertas se abren. Oportunidades. Gente nueva, pero, también, ausencias nuevas. Abrazos y aplausos. Amor y desamor. Besos. Con lengua. Amor. Hacer el amor. Cogerse de la mano. Zapatitos de talón. Bambas los domingos. Bambas cada día. Veranos con amigos en la playa en verano. Esquiando en invierno y en el pueblo en Semana Santa. Universidad. Carrera. Máster. Independizarse. Trabajo. Oficina. Casa. Trabajo. Oficina. Casa. Trajes. Papeles importantes. Papeles con mocos en primavera. Alergia al polen. ¡Boda! Anillos. Invitados. Nervios. Sí, quiero. Embarazo. Náuseas. Mareos. Nueve meses. Es niña. ¿Ana o María? María. Miradas a su alrededor. Despertarse a las tres de la mañana. Y a las cinco. Que no le pase nada. Llora. Mama. Y continúa llorando. Gases. Hambre. Felicidad. Hermanito para María. Héctor. Juegan. Ríen. Más besos. Más mimos. Más abrazos. Más amor. Canciones de Sabina. Más felicidad. Papá y mamá. María y Héctor. Vacaciones en Valencia, otra vez. Y vacaciones en la Sierra. El ciclo continúa. Con diferente gente. Con diferentes caras. Con diferentes risas. Con diferentes conversaciones. Con diferentes miradas. Amigos que son padres de los amigos de los niños. Cenas los sábados por la noche. Excursiones en grupo el último domingo de cada mes. Partidos de básquet los sábados por la tarde. Festival de patinaje en junio. Crecen. Se gradúan. Se enamoran. Se emancipan. Se van. Vuelven los domingos a comer. Y se están un rato. Hasta las seis. Y se van hasta el próximo domingo. Aunque el miércoles te llaman. Y te mandan besos. Y rosas el día de tu cumpleaños. Tienen hijos. Y tú tienes nietos. Tres. Y juegas con ellos. Les das chocolate. Y golosinas. Les das, también, dos euros cada domingo. A cada uno. Para que se compren más chuches entre semana. O cromos. Son alegría. Y creces. Te haces mayor. Y más mayor. Vives. Lees. Te hacen leer. La Vanguardia. El mundo deportivo. El Marca. Lecturas. Beckett. Shakespeare. Benedetti y Neruda. Ausencias. Recuerdos. Mamá y papá. Y las hermanas Elena y Mónica. Y Agustín. El vecino del número 24. Echar de menos. Llorar por las noches. O mientras haces media. Continuar para adelante. Esperar con ansias el domingo. Viajar. Con el imserso. A cambio de un jamón o cinco litros de aceite. Volver a casa. Y continuar haciéndote mayor. Y más ausencias, para siempre, de gente conocida. Enfermedad de tu compañero de vida. De tu amor. Apagarte. A poco a poco. Como una vela. Día tras día. Momento tras momento. Dejar de recordar. Enfermedad. Médicos. Hospitales. Residencias. Ya no hay domingos. Ya no hay comidas ni veranos en Valencia. Ni la casa de la Sierra. Hay visitas, dos días a la semana de cada uno de los hijos. A veces con los niños. A veces no. Te vacías. Oscuridad. Día tras día. Monotonía. Sábanas blancas. Te dan de comer como un niño de tres años. Compota de manzana de postre. Te cuidan. O intentan hacerlo. Tan bien como pueden. Pero te continúas apagando. Hasta que alguien sopla la vela y mueres. Oscuridad. Vestidos y trajes de negro. Fin. A tu alrededor, lloros.

diumenge, 14 d’agost del 2016

Llega pronto 2017


Dicen que cuando pisas una mierda trae buena suerte, pero de esta expresión hay segunda parte, y es que, si la mierda la pisas con el pie izquierdo, sí que da buena suerte, mientras que si lo haces con el derecho trae mala suerte.

Quizá lo que me pasó el dos de enero de 2016 sólo era un augurio de lo que vendría a suceder en el resto del año, porqué sí, porqué yo pisé una mierda con la bamba (blanca) del pie derecho.

Aunque, quizá, lo mejor de este año que se acaba se encuentra en esos primeros días de enero, en los días en los que aún confiaba en la gente, en el amor, en los que aún había esperanza de que todos tardasen mucho tiempo en irse para siempre.

Pero, cuando tu mundo se desmorona de la noche a la mañana, es malo, pero creo que aún es peor cuando ves como éste se va desmoronando día tras día sin poder hacer nada por salvarlo, por darle unos días más de vida, de la vida que ahora ya no tiene ese ser querido al que tanto amas y al que ya no está. Como cuando ibas a verlo, día tras día, lo veías un poco peor, como se le veía el transcurrir de los días como si fueran años en su rostro, y como cuando te despedías de él con una sonrisa y un beso, pensabas: por favor, que no sea esta noche.

Pero esa noche llegó y mi mundo se desmoronó, de la misma forma que le pasó a gente de mi alrededor. Quizá por este motivo sea por el cual odio tanto este maldito año.

Pero cuando aún no te has recuperado de lo que supone una pérdida de tal magnitud, y cuando piensas que nada puede ir ya peor, te dan una noticia que te demuestra que sí, que todo puede ser mucho peor. Quizá, si él aún estuviese con nosotros, esta segunda noticia no me hubiese supuesto tal drama ni tal desgracia, porque las cosas pasan porqué sí.

Aunque debo reconocer que durante esta temporada de desgracia tras desgracia he tenido gente que ha estado a mi lado, pero debo reconocer que, muy probablemente por mi actitud y por mi forma de ser, no es mucha, bien al contrario. Pero los que continúan al pie del cañón, quizá tampoco me los merezca, pero que, si están ahí, espero que no se vayan nunca. Nunca.

Que eso que dicen que llegan unas personas, pero se van otras, este año no ha sido cierto, porque las personas que han estado conmigo y que me han sacado risas siempre que han podido si no estaban antes, ya llegaron en 2015, pero que las que se fueron, se fueron en 2016, y para siempre.

De la misma forma que dije que 2015 había sido mi año, digo que 2016 ha sido una de mis peores pesadillas, y quizá por eso aún sigo confundiéndome cuando digo que estamos en 2015 y por eso escribo esta despedida a 2016 una tarde de agosto, para ver si, en diciembre, algo de lo que dicen estas palabras, ha cambiado.

Llega pronto 2017.