Dicen que cuando pisas una mierda trae buena suerte, pero de esta expresión
hay segunda parte, y es que, si la mierda la pisas con el pie izquierdo, sí que
da buena suerte, mientras que si lo haces con el derecho trae mala suerte.
Quizá lo que me pasó el dos de enero de 2016 sólo era un augurio de lo que
vendría a suceder en el resto del año, porqué sí, porqué yo pisé una mierda con
la bamba (blanca) del pie derecho.
Aunque, quizá, lo mejor de este año que se acaba se encuentra en esos
primeros días de enero, en los días en los que aún confiaba en la gente, en el
amor, en los que aún había esperanza de que todos tardasen mucho tiempo en irse
para siempre.
Pero, cuando tu mundo se desmorona de la noche a la mañana, es malo, pero
creo que aún es peor cuando ves como éste se va desmoronando día tras día sin
poder hacer nada por salvarlo, por darle unos días más de vida, de la vida que
ahora ya no tiene ese ser querido al que tanto amas y al que ya no está. Como
cuando ibas a verlo, día tras día, lo veías un poco peor, como se le veía el
transcurrir de los días como si fueran años en su rostro, y como cuando te
despedías de él con una sonrisa y un beso, pensabas: por favor, que no sea esta
noche.
Pero esa noche llegó y mi mundo se desmoronó, de la misma forma que le pasó
a gente de mi alrededor. Quizá por este motivo sea por el cual odio tanto este
maldito año.
Pero cuando aún no te has recuperado de lo que supone una pérdida de tal
magnitud, y cuando piensas que nada puede ir ya peor, te dan una noticia que te
demuestra que sí, que todo puede ser mucho peor. Quizá, si él aún estuviese con
nosotros, esta segunda noticia no me hubiese supuesto tal drama ni tal
desgracia, porque las cosas pasan porqué sí.
Aunque debo reconocer que durante esta temporada de desgracia tras
desgracia he tenido gente que ha estado a mi lado, pero debo reconocer que, muy
probablemente por mi actitud y por mi forma de ser, no es mucha, bien al
contrario. Pero los que continúan al pie del cañón, quizá tampoco me los
merezca, pero que, si están ahí, espero que no se vayan nunca. Nunca.
Que eso que dicen que llegan unas personas, pero se van otras, este año no
ha sido cierto, porque las personas que han estado conmigo y que me han sacado
risas siempre que han podido si no estaban antes, ya llegaron en 2015, pero que
las que se fueron, se fueron en 2016, y para siempre.
De la misma forma que dije que 2015 había sido mi año, digo que 2016 ha
sido una de mis peores pesadillas, y quizá por eso aún sigo confundiéndome
cuando digo que estamos en 2015 y por eso escribo esta despedida a 2016 una
tarde de agosto, para ver si, en diciembre, algo de lo que dicen estas
palabras, ha cambiado.
Llega pronto 2017.
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