Esperaba un día cualquiera, como los demás. Bien, digo cualquiera, pero quizá
sea necesario especificar qué significaba cualquiera
en aquellos momentos, porque me refiero a uno más como los días que habían
ocupado las dos últimas semanas: pasándome más de diez horas encerrada en la
habitación de un hospital y solo salir para ir al baño o si la enfermera me lo precisaba.
Pero me gustaba, aunque no sé si gustar
es la palabra adecuada, pero sentía que estaba donde tenía que estar.
Aquel día empezó antes y terminó después, mucho después, aunque solo me lo
pareciera a mí y aunque solo hubiera madrugado media hora más de lo que lo solía
hacer. Y es que aquel día se derrumbaron todas las ruinas que quedaban en
Grecia. Aquel día entró el caballo de Troya a mi vida y arrasó con todo lo que
encontró sin dejar nada en pie.
Nunca volví a ver el color de sus ojos. El día anterior lo había hecho y
pensé cuánto lo envidiaba por tener los ojos grisáceos y yo del más común color
café. Nunca volví a sentir el calor de su mano cuando se la cogía. Y nunca
volví a ver la cara que ponía cuando le hablaba; cuando había gente le hablaba
de cosas banales y sin sentido, solo para hacer la gracia y aparentar que todo
estaba bien… Pero cuando estábamos solos… ah, eso ya era otra cosa; le cogía
bien fuerte la mano derecha con mi mano derecha, y con la izquierda lo
acariciaba y le decía cuánto lo quería. Y cuánto lo quiero. Y su olor. Ese olor
que aún no he podido ni he querido quitar de la punta de mi nariz y que es lo
único que huelo cuando cierro los ojos.
Ese día me sentía como un cigarrillo en los labios de Bukowski, solo y sin
importancia en un mundo marcado por golpes y más golpes y con La vida en la basura. Pero sobretodo eso,
sola. Porque no sé qué me esperaba de un día como aquel, de hecho, nunca me lo
había planteado, pero todo eso fue un cúmulo de sensaciones y ninguna de buena.
Que sé que aquel día me falló mucha gente, pero estaba demasiado triste como
para pararme en pensar en nada y ya casi no me acuerdo.
Supongo que yo solo hago lo que me hubiera gustado que me hicieran a mí y
que nadie me hizo, y hago lo posible para
que no se sientan como me sentí yo, porque había una ausencia que destacaba por
encima de las demás, pero, con el tiempo, esa es un puñal clavado en el
corazón, pero las otras son agujas clavadas por el cuerpo que pinchan de tanto
en tanto por la noches.
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