Después de tacharla de borde me empezó a interesar. La acababa de conocer y por no recibir la respuesta que esperaba la insulté en mi interior, pero nada importante, pues.
Pero, así, de repente, todo cambió con una sonrisa que tampoco esperaba, y es que tenía una sonrisa realmente bonita y un acento andaluz que me ponía los pelos de punta con solo escucharlo.
Durante toda la tarde tuvimos un juego de miradas indecentes, de gestos que incitaban al pecado y de sonrisas de niñas rebeldes.
Nos despedimos de todos y dijimos que nos ibamos por separado, aunque ambas sabíamos que eso era mentira. Y salimos del local, me dirigía a buscar mi moto, pero tú fuiste más rápida y me agarraste de la mano y, sin hacer demasiadas preguntas, te seguí, sabía que no me equivocaba.
Caminamos mirándonos hacia un lugar oscuro de la ciudad al lado de uno de esos bares en los que se encuentra compañía una noche de soledad, me apartaste los pelos de la cara y me besaste, y me dejé besar, pues no había deseado nada más en toda la tarde que poder notar tus labios.
Empapaste mi boca de tu saliva y de la mía la tuya, recorriste mi espalda con tus dedos mientras yo perdía mis manos entre tu pelo rizado y cerraba los ojos. No sabíamos lo que estábamos haciendo, o quizá lo sabíamos demasiado bien.
Nos separamos y me perdí en tus ojos color caramelo y volvimos a juntar nuestros labios antes de que me preguntaras si quería subir a tu casa en ese piso de mala muerte. Obviamente acepté. No me equivicaba, era un piso antiguo en un barrio de mala reputación, pero me sorprendió que la decoración fuera tan moderna y de colores tan claros.
Me hiciste pasar a ese segundo sin ascensor, me hiciste girar, cerraste la puerta de una puntada y me voliviste a besar, y a cogerme de la cintura y hacerme sentir que solo estábamos tú y yo en todo Madrid.
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