Y no, no sé cuándo
dejamos de ser una sola para dividirnos y volver a ser eso que una vez nos
prometimos que no volveríamos a ser jamás: unas almas vagabundas que ya, ni
siquiera, se reconocen al mirarse frente un escaparate.
Pero es que fuimos más
que un cigarrillo para acabar como una colilla consumida tirada al lado de una
papelera.
No sé el por qué, ni el
cómo y no recuerdo el cuándo empezamos a ser unas desconocidas que compartían,
de tanto en tanto, un trozo de cama y unos instantes de placer. No sé cuándo,
un día, de la noche a la mañana, dejamos de saber. Empezamos a dejar de saber
de todo: de las constelaciones y de las estrellas, de libros y poemas, de
manifestaciones y revoluciones y, por supuesto, también dejamos de saber la una
de la otra.
Dejé de envolverme en tus
ojos verdes, de meter mis dedos entre tus rizos y substituí las risas por unas lágrimas
escondidas que tú dices no saber que existían. Dejé de salir para solo pensar
en ti, de reír porque me sentía mal que no fueran unas risas contigo. Dejé de
fumar porque únicamente fumaba después de hacer el amor contigo. Pero substituí
el cava por el champagne para sentir que aun me quedaba algo de compañía.
Y nos volvimos a encontrar
y a vernos, y nos volvimos a mirar con esa mirada de adolescentes enamoradas
que se ciegan con una ilusión que no volverán a alcanzar: la ilusión de tocar el cielo
con la puntilla de los dedos al gemir de placer tras una noche de sexo con
amor.
Y nos volvimos a ver, a
encontrarnos y a besarnos, pero con el pacto mudo de que nada volvería a ser
como antes. Y nos prometimos ser felices aun sabiendo que esa promesa nos
llevaría a la esquina más oscura de la infelicidad.
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