dijous, 30 d’abril del 2015

Crónica de un pájaro.

Junto a mis compañeras golondrinas que llegaron con la primavera, llegaron, también, las familias que ya se habían roto para siempre.
Empezaron a llegar autocares y coches con gente desolada en el interior, con gente a las que se les había arrancado parte de ellas en esas bellas montañas. Algunos lloraban, otros no creían que enfrente suyo tuvieran el lugar del horror, las mujeres andaban sin un rumbo definido y se movían por la inercia del viento que soplaba en la colina, mientras los hombres se dedicaban a mirar el lugar del siniestro sin dar crédito a nada.
Yo seguía impasible mirando el panorama, recordando la infinidad de veces que había sobrevolado el valle en el que ahora se centraban todas las miradas. Veía helicópteros pasar buscando cuerpos sin vida, cajas negras, móviles y cualquier cosa que les diera información de la locura. Centenares de periodistas y cámaras, vecinos que se volcaban en todo y a los que ya nos les importaba que yo me apoyara en su coche, pues había decenas de cosas más importantes en las que centrarse.
Yo seguía en mi rama habitual de las doce del mediodía cuando, todos, pero absolutamente todos los que había por allí se juntaron y dejaron que el viento que soplaba, el batir de alas de algunos compañeros y el sonido de las lágrimas que caían se convirtieran en la sinfonía que nos acompañó durante un tiempo que se me hizo eterno, pero a buen seguro que para los otros no sería más que un mero minuto añadido a la película de terror que habían empezado a vivir desde hacía apenas unos días y con la cual tendrían que convivir el resto de su vida.
La gente lloraba, se abrazaban los unos a los otros aunque fueran de distintos países, aunque no se entendieran pero se comprendieran demasiado bien.
Desde que la tragedia se me había abierto delante de los ojos no hice más que contemplarla e intentar empatizar con todos ellos, imaginando las vidas que cerraban en esas montañas, en mis montañas y que ahora alguien había hechizado con la pócima de la desesperación.
Empezaba a oscurecer y yo me tenía que ir a mi nido si no me quería perder en el frío de las noches de primavera como ya se habían perdido otros.
Pero hoy, años después, todo sigue como antes de la tragedia: se hielan las montañas en invierno, las flores florecen en primavera, en verano somos bañados por el sol y en otoño los árboles se dejan desnudar al compás que marcan las agujas del reloj del tiempo y de los años.

Diez años han pasado ya de todo aquello, pero aun así, las imágenes de la desesperación aparecen en mí en forma de pesadilla, atormentándome con los rostros rotos, con las lágrimas caídas y con decenas de cuerpos sin vida. 

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