Todo empezó con la misma
ilusión con la que un niño pequeño abre los regalos de Papá Noel en Navidad y con la inocencia y temeridad de cuando
aprendes a ir en bicicleta sin la ruedas de atrás, como si aquello que llevabas
soñando durante tanto tiempo, al fin, se hacía realidad.
Y sí, ya estábamos en
Italia. Y la miré a los ojos mordiéndome el labio inferior como lo hacía solo
cuando estaba con ella, la imaginé. En Verona le escribí una carta diciéndole
cuánto la quería, imaginando que las representantes de Julieta me la responderían
como ocurre en la película de Winick y que me aconsejarían dejándome caer un
susurro en lo alto de la oreja, e imaginé que me giraba y que la tenía detrás,
esperándome y que todo volvería a ser como aquel día y que volvería a pasear
con ella cogida de la mano mirándola de soslayo. Pensé cuánto la quería y no
encontré una medida exacta.
Paseé por las calles
empedradas con el resto de la gente, y aunque no estaba a mi lado, sabía que
estaba presente en las pequeñas cosas y la veía en cualquier esquina que daba a
un callejón sin salida y le sonreía. Le sonreía sin saber que una bomba
estallaría en mí como lo hace un petardo en la noche de San Juan.
Y la magia de Verona se
perdió, aunque no sé si para siempre. Las palabras a modo de balas podían más
que una calle hermosa con fachadas de colores y flores colgando desde los
alféizares.
Venecia, bonita Venecia,
aunque en ese momento se encontraba, por primera vez, en mis ojos y en un hotel
perdido en algún lugar no demasiado lejos de dicha isla. Casualidades, supongo.
Venecia es linda, acogedora, tiene y me da vida. Pero su recuerdo en cualquier
góndola o en una mera máscara de un escaparate me mataba por dentro con la
intención de sacarme las entrañas y querer hacer volar todos sus canales por
los aires, pero aun así, no lo consiguió, era demasiado bonita y aunque no
fuese la mía, muchas otras parejas tenían derecho a pasear por sus callejones y
besarse en sus puentes.
Las noches eran duras,
duras y largas. Pero con la compañía de un vaso en una barra de un bar siempre
se pasan mejor.
En Florencia era lo
mismo, belleza, mucha belleza acumulada en sus calles, pero, ¿para qué? o ¿para
quién? Para alguien que había ido soltando pedazos de su corazón en calles de alguna
ciudad desconocida estaba claro que no, pero aun así, Florencia se apoderó de un
pedacito de ese corazón que se debatía entre la vida y la muerte. Pero no era fácil.
Cuatro de cada tres cuadros que veía me hacían volver a pensar en ella por
mucho que luchase para no hacerlo y creía que los cuadros de Botticelli
llevaban escrito su nombre en la frente de los personajes, pues estaba presente
en las cosas más insospechadas. Y en el mirador del Duomo pensé cuan bonito
sería poder besarla desde las alturas teniendo Florencia a nuestros pies.
Pero dicen que nada es
para siempre, e Italia no será eterna.
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