dimarts, 8 d’agost del 2017

Ella es mi casa.


Hay cosas que son preciosas; que lo eran antes, que lo son ahora y que también lo serán en un futuro. Incluso hasta en un futuro lejano que todavía da miedo mirar.

Es la sensación de volver a casa después de mucho tiempo, de muchas vivencias, volver a reencontrarte con algo que forma parte de ti de una manera tan tajante. Como si, aunque tú no lo supieras, todo este tiempo te hubiera estado faltando algo, una ficha en tu puzle que no echabas de menos, pero que, ahora que la tienes, sientes que estás completa otra vez.

Como, a pesar de la distancia, de los kilómetros, del tiempo que ha pasado y de todo lo que hemos vivido, todo fuera igual que el primer día que nos conocimos. La misma manera de reír, de hablar, de mirarnos a los ojos y de saber que podemos ser como realmente somos la una con la otra. Que podemos contar la una con la otra, que siempre lo hemos podido hacer y que lo continuaremos haciendo. ¿Y no es maravilloso eso?

Que dio miedo distanciarnos, pero quizá sólo fue para tener más ganas de encontrarnos otra vez, de combatir otra batalla más sabiendo que no iba a ser la última y ponerle a cada una más fuerza y más empeño para derrotarlas. Pero que ahora hemos ganado, y volveremos a ganar, porque con mirarnos a los ojos sabemos que tenemos todo lo que necesitamos.

Porque es maravilloso volver a casa después de un largo viaje y sentir que estás a salvo, cerca de las personas que quieres y con quien estás a gusto. Es maravilloso reencontrarte con los tuyos. Con los que hace tiempo que no ves y que has echado de menos. Pero más maravilloso es cuando “tu casa” es esa persona, cuando vuelves a ella cual niño de cuatro años acude a su mamá al salir del colegio. Cuando al volver con ella te sientes a salvo, fuerte, pero a la vez risueña y relajada. Porque con ella puedes ser. Y ella puede ser contigo. Y las dos sois, sin que importe nada más.

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