Hay cosas que son preciosas;
que lo eran antes, que lo son ahora y que también lo serán en un futuro.
Incluso hasta en un futuro lejano que todavía da miedo mirar.
Es la sensación de volver
a casa después de mucho tiempo, de muchas vivencias, volver a reencontrarte con
algo que forma parte de ti de una manera tan tajante. Como si, aunque tú no lo
supieras, todo este tiempo te hubiera estado faltando algo, una ficha en tu puzle
que no echabas de menos, pero que, ahora que la tienes, sientes que estás
completa otra vez.
Como, a pesar de la
distancia, de los kilómetros, del tiempo que ha pasado y de todo lo que hemos
vivido, todo fuera igual que el primer día que nos conocimos. La misma manera
de reír, de hablar, de mirarnos a los ojos y de saber que podemos ser como
realmente somos la una con la otra. Que podemos contar la una con la otra, que
siempre lo hemos podido hacer y que lo continuaremos haciendo. ¿Y no es
maravilloso eso?
Que dio miedo
distanciarnos, pero quizá sólo fue para tener más ganas de encontrarnos otra
vez, de combatir otra batalla más sabiendo que no iba a ser la última y ponerle
a cada una más fuerza y más empeño para derrotarlas. Pero que ahora hemos
ganado, y volveremos a ganar, porque con mirarnos a los ojos sabemos que
tenemos todo lo que necesitamos.
Porque es maravilloso
volver a casa después de un largo viaje y sentir que estás a salvo, cerca de
las personas que quieres y con quien estás a gusto. Es maravilloso
reencontrarte con los tuyos. Con los que hace tiempo que no ves y que has
echado de menos. Pero más maravilloso es cuando “tu casa” es esa persona,
cuando vuelves a ella cual niño de cuatro años acude a su mamá al salir del
colegio. Cuando al volver con ella te sientes a salvo, fuerte, pero a la vez
risueña y relajada. Porque con ella puedes ser. Y ella puede ser contigo. Y las
dos sois, sin que importe nada más.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada