Jamás le di importancia
cuando me dijeron que ella tenía cáncer. Estaba convencida de que iba a salir
de esta, de hecho, a veces me sorprendo a mí misma pensando que se va a curar, pero eso no
va a suceder. En menos de diez días hará dos años que se fue para siempre de
este mundo pero jamás de nuestras vidas. Y hoy, como no, ha estado más presente
que nunca por ser el día mundial de la enfermedad que se la llevó.
Porque como todos los que
se enfrentan a una enfermedad de tal magnitud era demasiado buena, demasiado
joven y le quedaban demasiadas cosas por hacer y por ver.
Pero la suerte, la
maldita suerte es así. No sé si fue el destino, un Dios o qué, pero desde aquí
le digo que se podría haber ahorrado esa energía, que no era necesario hacer
sufrir a una persona cuando el final era aún peor.
Te llenas la cabeza con
pensamientos que intentan auto convencerte de que quizá sea mejor así, que
estaba sufriendo mucho y que estaba muy mal. Pero sabes que, en el fondo, todo
es pura farsa, que nadie merece morir y que ella se ha muerto. Que hay
miles de mujeres que superan esta enfermedad pero que ella no ha sido capaz. E
intentas buscar una explicación y alguien a quién echarles todas la culpas por
haber destrozado una familia y haberse llevado a ese ser querido, pero no lo
encuentras y te odias a ti misma por no saber, ni siquiera, qué hacer o a quién
odiar.

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