Ya no escucho, ni huelo,
ni siquiera noto la presencia de la otra gente. Solamente tengo ojos para mirar
la pantalla y saber cuántos minutos quedan para que llegue. Ocho minutos. Los
mismos que quedaban hace diez. No funciona.
Me siento ofuscado…
Siento como si todo yo estuviese inmerso en un lugar demasiado grande para mí.
Veo como un chico se
sienta a mi lado. Demasiado cerca, quizá. Incluso puedo llegar a oler su
colonia, pero no la identifico. Nunca he sido bueno con los olores. De repente
tengo la sensación de que, por arte de magia, todo ha cambiado. Pese que
parezca a la lejanía, empiezo a escuchar otras voces. Noto algunas miradas y
creo que algunas se clavan en mí. O quizás en él.
El tren aún no ha
llegado. Llevo horas y horas en esta gran ciudad y tan solo deseo poder volver
a pisar mi pueblo. Pero un sentimiento extraño se apodera de mí y, a lo mejor,
lo único que quiero es que el tiempo se vuelva a parar.
Veo como el tren entra en
la estación y siento como mucha gente, igual que yo, y que él, se ponen de pie.
Quizás nuestros caminos no se separaran tan rápido como había pensado, pero
seguro que, tarde o temprano, encontrarán una bifurcación.
Nos sentamos el uno
enfrente del otro. Nos miramos. Juraría que escucho las palpitaciones de su
corazón y que vuelvo a oler su colonia. Noto como todos y cada uno de los pelos
de mi cuerpo se ponen de punta tan sólo con una mirada suya y siento que su
presencia me gusta.
Pasan una, dos y cuatro
paradas hasta que pierdo, por completo, la noción del tiempo y únicamente soy
capaz de mirar las facciones de su rostro. Es perfecto. No sé cuánto tiempo, ni
cuántas estaciones deben haber pasado hasta que se pone de pie, me guiña el ojo
y se acerca a la puerta. Baja del tren. Me acerco a la ventana, la toco con la
punta de la nariz y me percato de que llueve. Me vuelvo a cruzar con su mirada,
me dedica una sonrisa más que encantadora y entonces me doy cuenta de que me he
quedado completamente enamorado de él.
Me hace un gesto con la
mano, se pone los dedos índice y corazón sobre los labios y se los besa al
mismo tiempo que el tren vuelve a arrancar. Entonces tengo la sensación de que
jamás lo volveré a ver.
Porque es igual de
importante no dejar que se te escape el tren como saber bajar en la estación
adecuada. Y yo, en este momento, no lo he sabido hacer.
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